Phoenix, de Eduardo Muslip.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Phoenix
Phoenix, de Eduardo Muslip.
miércoles, 22 de abril de 2009
Quién termina qué
¿Cómo terminar un amor?- ¿Cómo, entonces termina? En suma, nadie- salvo los otros- sabe nunca nada de eso; una especie de inocencia oculta el fin de esta cosa concebida, afirmada, vivida según la eternidad. Sea lo que fuere del objeto amado, que desaparezca o pase a la región Amistad, de todas maneras, no lo veo desvanecerse: el amor que ha terminado se aleja hacia otro mundo a la manera de un navío espacial que cese de parpadear: el ser amado resonaba como un clamor y helo aquí de golpe apagado (el otro no desaparece jamás como y cuando se lo espera). Este fenómeno resulta de una limitación del discurso amoroso: no puedo yo mismo (sujeto enamorado) construir hasta el fin mi historia de amor: no soy su poeta (el recitador) mas que para el comienzo; el fin de esta historia, exactamente igual que mi propia muerte, pertenece a los otros: a ellos corresponde escribir la novela, relato exterior, mítico.
Roland Barthes; Fragmentos de un discurso amoroso
domingo, 19 de abril de 2009
Mariposas
Samanta Schweblin
viernes, 22 de agosto de 2008
La invención de lo estático

Desde el principio, el cuento "Tigre", acá
domingo, 6 de julio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
Leer de noche
En Frenesí, de José María Brindisi, Mauro corre desnudo por las calles de Buenos Aires: los días se vuelven insoportablemente largos, no duerme, se asfixia en el loft, la ansiedad es tal que fuma cinco atados por día. Brindisi pone en boca de Mauro una sensación terrible: la de ir tan rápido que hasta se pueden pisotear las sombras. Cierro el libro y no solo descubro que Mauro se convierte en mi amigo Hernán, sino que, desde hace casi media hora, Hernán es Mauro y viceversa: Hernán haciendo tallercitos de artesanías todas las mañanas en el Hospital Italiano, Hernán chupando como un alcohólico, Hernán medicado, Hernán balbuceando la formación del Independiente campeón del ´94, Hernán llegando a mi cumple semidormido, peinado como Brando en el Padrino, Hernán diciéndome, aquella vez hace casi un año, que la botella Ser de la heladera representaba la esperanza y la ilusión de todos nosotros: yo, él, los chicos. Todo esto empezó hace mucho, no se sabe bien como, es más, todo empezó con algo que en realidad nunca pasó: Hernán todavía sigue convencido que la noche del delirio nos juntamos a tomar unas cervezas. Es decir: en el curso razonable de las cosas, deberíamos haber estado en cualquier bar de Ramos, tomando hasta reventar. Hasta Hernán cree en esta versión. Yo y el resto sabemos que algo del orden de lo desconocido metió el culo.
Todavía no terminé el libro de Brindisi: Mauro está internado en el Borda y se presiente que, en las páginas que restan, van a sobrevenir cosas peores. La novela es genial pero se me está haciendo bastante dura. La otra historia, la de Hernán, la nuestra, está en un impasse, como una especie de línea recta que puede subir, caer, o seguir tristemente igual por mucho mucho tiempo.