martes, 13 de julio de 2010
miércoles, 27 de mayo de 2009
Dos
El otro día me avivé: escribo bastante bien en pedo, aunque todo tiemble y los subtes pasen debajo de mis pies. Tengo esa sensación: después hay que corregir, hacer un método de la prosa. Me acabo de terminar la segunda cerveza y pienso en William Faulkner y su rancho en Rowan Oak, en las novelas que escribía Fitzgerald sobre el jet set yanqui de los 20. Esas fiestas glamorosas y chic con productores de Hollywood, cocktails, actrices altísimas con gestos de Ava Gardner que murmuraban, humedeciéndose los labios, que estaban comprometidas cuando alguien las sacaba a bailar. Pero Fitzgerald chupaba veinte martines diarios para poder escribir, Kerouac lo mismo, se explotaba de anfetas y birra y escribía cebado en sus legendarios rollos de impresión, sin corregir absolutamente nada. Tengo la cabeza encerrada en una idea: quiero escribir sobre alguno de los viajes a Morteros, en el Renault que tenía mi viejo por el noventa y pico, escuchando canciones de Sergio Denis y del Puma Rodriguez. Mamá tenía esa emoción de los chicos cuando se marean en los viajes largos, me queda una imagen de ella vomitando en la ruta, entre los pajonales a treinta metros y las luces de la rotonda sobre su campera tejida, una imagen que me cae redonda como un relámpago. La cosa sucedía así: íbamos a Morteros cada dos o tres años a visitar a unos parientes, en realidad no era Morteros sino un campo algunos kilómetros antes de llegar a San Francisco. Durante la estadía, los cuatro (mis viejos, mi hermano y yo) dormíamos apretados en una pieza fresquísima que daba a una galería, detrás de eso un galpón enorme y el corral de los chanchos. Delante de la casa, en la tierra, había una canchita de fútbol donde nos matábamos a pelotazos con Fabián. Durante esos viajes, muchas veces, yo lo acompañaba a Néstor a alimentar a la vacas o a buscar peones que siempre hablaban con monosílabos: me tiraba en la parte de atrás de la chata, bajo un sol radiante y con los perros corriendo detrás, azuzándolos para que no se quedaran, con la esperanza estúpida de que nunca se resignaran al cansancio. Y lo peor es que corrían. En cambio ya no me acuerdo del viento o los olores, lo que sentía al fumar mis primeros cigarrillos. Una mierda en realidad. Había una pileta sucia a media llenar, como en las películas de Lucrecia Martel. Quizá esta relación la estoy construyendo a la inversa, no parto de la infancia hasta Lucrecia sino al revés, desde Graciela Borges tumbada como una momia en la reposera doy un salto enorme de doce años que arrasa con todo. Es como si tuviera una imposibilidad para acercarme a las cosas sin que medie un puente. Pero prefiero seguir un poquito más: Fabián tenía una hermana llamada Antonela, unos tres o cuatro años más grande que nosotros. Creo que hace poco se recibió de contadora y lo ayuda al Néstor con los números. Fue la primer mina que me calentó, por eso aquel viaje, el primero, tiene para mi cierto imaginario de iniciación. Palabra jodida esa, por que da a entender que me la garché pero nada que ver. Solo nos tomamos de la mano una vez en que casi me caigo de un caballo. También me llevó para afuera la tarde en que mi viejo llegó esquivando a los perros que le chumbaban, con mi hermano en brazos, gritando que le había agarrado la pierna con los rayos de la bicicleta. Sin querer, decía como si hiciera falta. Se le veía un pedazo de la tibia y Antonela me tomó del hombro y me acompañó afuera. Para distraerme me preguntó que música escuchaba y no puedo acordarme que cosa le respondí. Phillip Roth cierra así una de sus novelas: no hay que olvidar nada. Repito: no tenemos que olvidar nada.
martes, 12 de mayo de 2009
Uno
Cuando me preguntan por mi abuelo Chiche me llegan dos sensaciones: miedo y asco. Chiche, ahora, a los setenta y pico, con dos dedos menos en la mano izquierda (culpa de una pésima maniobra con la sierra de la carnicería) y no se cuantas internaciones, es un ñoqui del gobierno provincial. El otro día lo ví caminando desde la parada del 96, en la esquina de Varela y Avenida de Mayo. Tardó diez minutos en andar cuadra y media. Daba lastima el viejo. De chico, me acuerdo, me agarraba la pija cada vez que lo saludaba. Él solía congelarse frente al televisor 14 pulgadas mirando las carreras del TC, todos los domingos, sentado en una silla de plástico con un almohadón debajo del culo. Al acercarme, me preguntaba si había conseguido, nunca supe, hasta años después, de que me hablaba; era entonces cuando me tanteaba el bulto y me apretaba con fuerza, hasta que comenzaba a doblarme. Después de eso, volvía nuevamente al hipnótico abandono de las carreras. Cuando mis viejos se iban asomando (siempre, por algún motivo, guardaban distancia entre nosotros y mi abuelo) aprovechaba y me escabullia hacia la cocina, esperando los ravioles de seso que cocinaba Olinda. Por aquellos años también estaban mis primas, quizás después hable de ellas, en especial de la mayor, Cinthia, que ahora está internada en un loquero. Hace unos días mi vieja me contó que solo le permiten visitas los miércoles, una horita, no más de dos o tres personas, que hay una lista de espera y eso, simplemente. Pero no son más que mi abuela, mi tío y la hermana, es decir mi otra prima, los que van seguido a verla. A veces pregunto como anda y me cuentan cosas sueltas y exageradas, peleas familiares y cuestiones de la tenencia. Escucho chismes, cosas que pueden o no ser verdaderas. En el jardín de esa casa, ponele, antes de que construyeran un dos plantas de puro hormigón, había un gallinero que lo recuerdo siempre cubierto de barro, a mi me daba asco meterme y solía ser el último en jugar a arrinconar a las gallinas. También se criaban palomas en esa casa: un día comimos paloma al tuco y solo me queda un olor desagradable, un tirarnos luego al sol, con la panza repleta, como esquimales un poco ciegos y achinados.
martes, 6 de enero de 2009
Un poquito de aguante
Hace una semana , Sandra me contó por mail la lucha que están llevando a cabo los operarios de Villa Constitución. La nota completa, acá
Es urgente dar a conocer la gravísima situación que están atravesando los operarios de la empresa metalmecánica Parana Metal de la ciudad de Villa Constitución al sur de la provincia de Santa Fe.
Hace días la empresa que venía con serios problemas, incumpliendo en el pago a los empleados, entró finalmente en concurso de acreedores y ayer por la mañana, luego de frustradas tratativas entre la patronal y los representantes obreros, los empleados fueron comunicados que la fábrica los suspendía en su totalidad (la planta de contratados , es decir algo así como más de 800 operarios y unos 400 contratados) sin goce de sueldo.
En la tarde de ayer Miércoles 17 las esposas de los obreros se autoconvocaron en asamblea. Los representantes sindicalistas se reunieron Capital Federal para tratar de llegar a un acuerdo en medio del caos imperante, las tratativas arrojaron nulo resultado y se sabe que la quincena que debía pagarse el viernes 19 no se pagará, tampoco así las vacaciones ni el SAC, y que como la fábrica no tiene ningún envío de producción al exterior que hacer, (del que ya hizo, no ha pagado nada a sus trabajadores) recién podrían llegar a pagar algo en el mes de febrero a modo de subsidio por $ 600, cosa que es poco fiable ya que la empresa aún sobrevuela el fantasma de la quiebra, con las obvias consecuencias para los trabajadores.
La situación en esta metalmecánica es gravísima y también lo es en similar medida, en otras del cordón indutrial Rosario, San Lorenzo, empresas automotrices también...