- ¿Qué te pasa? - me preguntó el director
- ¿No te das cuenta boludo que es el carnicero de Bagdad?- le respondí y me escapé del edificio.
El sábado las fui a escuchar a Cobra: una librería muy chic cerca del Parque Centenario, tan coqueta como pequeñísima, que tiene un buen surtido de poesía contempo, fotografías y libros raros de Aira. Como es normal, llegué tardísimo así que me tuve que plantar afuera mientras una de las chicas empuñaba su viola. Cuando el interior se fue desagotando pude chusmear y llevarme un librito bastante artesanal con poemas de Bukowsky. Claro. Las cosas suceden a destiempo: en mi época sub-20 leí algo en un una edición horrible, que venía con los poemas y su traducción engrampados a doble página. Me quedé con ganas de comprar un libro de Diana Bellesi y otro de Mariano Blatt. Últimamente la guita no me alcanza para nada. Tengo que volver. En el viaje en tren anduve leyendo algo; me fui hasta Castelar, a la despedida del amigo que se va por un año a Nueva Zelanda (Acordarme siempre de esta frase de Bioy: “Los viajes, por que nos enriquecen de recuerdos, agrandan la vida”) Demasiadas cosas esa noche, demasiado, como si hubiese vaciado el tanque de golpe, como si ahora solo me quedara un cansancio enorme y puro desgaste.
Voy a copiar uno de los contados poemas no tan pesimistas del viejo lobo:
Conocí a un genio:
conocí a un genio en el tren
hoy
como de seis años de edad
se sentó a mi lado
y mientras el tren
avanzaba a lo largo de la costa
llegamos hasta el océano
entonces él me miró
y dijo
no es hermoso.
fue la primera vez que me
percate
de ello.
Arriba del Sarmiento compré una edición en fotocopias de un tal Gastón Almada: el cuento, titulado “Pene XXL” promete mucho hardcore. No está tan mal, tiene un par de escenitas un poco brutales, sobretodo una en un chat, arruinada algo por la voz de la primera persona (“mientras pensaba que responder me llegó una foto de ella: parecía tan sexy como vulnerable; me dieron ganas de cojer”) Por momentos, un poco pretensiosa en lo que a estilo se refiere. En fin. Llegué tarde al Bafici, no habías mas entradas, así que fuimos a cenar una pizza con espárragos (ay, las cosas que uno hace) o algo así, con un porroncito de cerveza que dentro del Abasto sale diez mangos. Hablamos de cine, Radiohead, Liniers, viajes. Cosa rara: mientras adentro pibes de lentes hacían la cola para ver una peli francesa, afuera vimos como unos peruanitos usaban una sierra eléctrica para romper el candando de una mountain bike. Linda zona eh. Te infla un poco la paranoia caminar por ahí. Pero estuvo mas que bien, hacerle el aguante al fresco en la parada del 109, que se yo, una noche linda al finale.
Me apuestan un ferné que mañana, durante la operación, me desmayo. Una estupidez, todo porque hace un par de semanas me desvanecí y caí al piso mientras me sacaban sangre. Recuerdo que cuando abrí los ojos la enfermera me miraba asustada, con un vaso de agua y azúcar en la mano. De chico, a los ocho o nueve, me pasó lo mismo por un golpe en la cabeza, andando en bicicleta por el barrio. Fuimos corriendo al sanatorio. No fue nada, pero soñé que surfeaba. Ahora, fue toda una masa negra, el mismo terror que deben sentir esos tipos que están en coma y de pronto recobran la conciencia: exagerando, una mini muerte que dura unos segundos. Por que, al perder todo hilo temporal, no sabes en donde estás, cómo fue que llegaste ahí, porque no te podés mover. Como dije, es un segundo. Después los brazos de alguien que quiere o más bien intenta levantarte. La cosa es que mañana a las nueve me van a estar sacando un quiste en la base del cuello, nada grave, aunque demasiado cerca de la garganta para mi gusto. Si todo sale bien, a la noche estaríamos tomando un merecido fernecito que viene de arriba.
Estaría bueno ¿no? Aceptar la sensación de querer siempre más y no maltratarse por eso. Fintear la resignación, clic, es hora, quiero esto, nada mas, tal vez Pound se equivoque y la emoción no sea lo único que perdura. Anticiparse también funciona, entre otras cosas, apretar enter hasta que la página del Word quede completamente en blanco, que desaparezca el nexo con los días pasados. Escuchar a George. Leer un libro de cuentos de Capote. Ir, un día de estos, a una adivina o tarotista o lo que sea (si conocés, recomendá) Pensar que el día es ideal: sábado, lluvia, cine. Además febrero: tomarme el 172 hasta Ramos y de ahí caminar hasta el cine de Haedo. Sacar una entrada (que te miren, onda: “¿pero venís solari al cine?”)
Antes hablaba de anticiparme, sé que hay algo en este Mickey Rourke cincuentón, con calcitas verdes y audífonos, que me va a romper el alma:
Porque confundo el bondi que me tomo hace casi cuatro años por otro del mismo color, porque al fin encontré un lindo título para el cuento, porque descubro, una vez mas, que los reencuentros son mi materia pendiente, no puedo dejar de envidiar a estos dos hermosos.
Ayer salí en remera y me cagué de frío toda la noche. Terminamos en un bar chetísimo y encima casi la hago llorar. Hoy, cenando sanguches de pan lactal (queso y tomate) a las ocho y media, viendo por quinta vez “Alta fidelidad”.
No se si es normal o no pero disfrazo mis extravagancias de pequeñas mentiras dispuestas de algún tipo de sentido común. En realidad, lo cierto, es que me voy a la pileta mas desolada que conozco, la pileta donde solo van los viejos y los pendejos y las parejas con hijos de menos de seis. Me meto al agua y nado un largo de crol y un ancho sin respirar, hundido en lo subterraneo, como hacía hace ya casi una década. Soy feliz sin cruzar más que un monosílabo en toda la tarde. Después tomo sol, miro a las viejas armadas de termo y mate con ganas de tener una cámara digital a mano. A las seis, a la sombra del paredón, saco el libro de Aira que estoy leyendo. Rosas hace abdominales y los indios traman tratados de metafísica en sus chozas. Sin dudas, el clon sudaca de Stephen King es un animal literario. Voy y vengo en la bicicleta de mi vieja, con aquel chango delante que usa para hacer las compras. Como me da un poco de vergüenza, voy diagramando un recorrido por las calles mas oscuras de La Matanza.
Sentados al borde de la pileta a las cinco de la tarde, con una Quilmes helada esperando a la sombra, el hermano de mi amigo nos cuenta sus experiencia con el ácido. Su primer consejo es que, para la gente virgen como nosotros, un cuarto vendría a ser más que suficiente. Nunca tomar en soledad, nos recomienda. De ser posible aprovechar unas vacaciones en las sierras, con las montañas de fondo, mientras nosotros intentamos subirnos a uno de esos silloncitos inflables, nos tiramos agua, tomamos sol. El efecto puede durar 24 horas y un buen porro, al día siguiente, te puede volver a poner a bien arriba. Me espanta un poco la idea de estar puesto un día entero. En realidad no me entusiasma demasiado drogarme: suelo sentirme un idiota y, más de una vez, estuve ansioso por volver a la normalidad. También me deprime un poco ese no acordarme de algunas sensaciones mientras estoy hipersensible, mientras pienso en luces o dibujo ideas. Como si fuera un tiempo vacío que mi obsesión por la utilidad (¿burguesa?) no me permite disfrutar. A veces se me da por pensar que no estoy capacitado para disfrutar nada, ni lo premeditado ni tampoco lo espontáneo. Después vemos el partido de fútbol y tomamos mate. Vuelvo a casa para pegarme una ducha y volver a salir y, caminando, me doy cuenta que siempre tengo cinco o diez minutos realmente depresivos. Durante el año, las cinco cuadras que separan Rivadavia de la facultad son un buen ejemplo de esto. Va terminando el año: demasiadas fiestas, demasiados cumpleaños. Sueños en los que amanezco en una casa quinta, rodeado de gente desconocida: estuve durmiendo bajo un árbol y sopla un viento fresco. Finales de diciembre: un túnel de cerveza, dolor de cabeza, risas y música que a veces cansa un poquito.