Ahora el ritmo, los trazos, la ventana por donde pasa el camión de los basureros haciendo un chirrido sobre el asfalto. Frena a unos pocos metros. Subimos al taxi. Le pedimos que agarre Santa Fe, mientras empiezo a bajar la ventanilla para así prenderme un cigarrillo. Me gusta sentir el aire a mitad de la cara, como si alguien soplara en mi frente. Llegamos al quinto piso, sobre la mesa hay un diario en francés. Voy descifrando palabras a partir de las fotos o lo dibujos mientras me decís que vas al baño, que te espere en la habitación. En la parte de atrás del diario está el horóscopo, lo que me resulta rarísimo. Me pregunto de que signo serás, por ese asunto de la compatibilidad sexual, mientras doy vueltas por el departamento, admirando el orden, el desorden, pero por sobre todo las cosas en su correspondiente lugar, amontonadas. Siempre pensé que ordenar es una tarea dificilísima: en resumen no es más que mover cosas de un lugar a otro. Apilarlas. Pero no puedo. Son las cuatro de la mañana. Me saco las zapatillas y luego las medias. Estoy tan nervioso que tengo ganas de fumar hasta consumirme: todo depende de vos de vos de vos. Entonces me gritas que ponga el disco de Bjork que está sobre la cómoda, que ya venís.