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jueves, 4 de febrero de 2010

Lecturin

martes, 14 de octubre de 2008

Condenado al fracaso


Dos amigas piensan en ponerse un negocio de ropa. Uno de los chicos, hace más de un año, dejó en impasse su pequeña empresa de productos sadomasoquistas/juguetes sexuales para el placer de la dama (y del caballero, claro) para dedicarse al diseño de indumentaria. Hace algunos días, en un intervalo, charlábamos sobre la posibilidad de hacernos remeras con la cara de nuestro pensador marxista preferido. Habría tipos de Benjamín, Adorno, Horkheimer, Williams, Brecht. Seguramente bonus de Foucault o de Barthes, aunque no entren especialmente en la categoría. La colección se llamaría: “Diseño Snob”.


domingo, 28 de septiembre de 2008

Método




Hace un tiempo que estoy practicando literatura (bah, párrafos que apenas se aproximan al formato cuento) a partir de imágenes. En general utilizo fotos de mi familia pero también otras que no necesariamente tienen que ver conmigo, es decir, fotos que me generan un pulso creativo, quizá con mi pasado o que entusiasman a ese órgano curioso que es la imaginación. Creo que es otra manera de la intertextualidad, en este caso visual. Sé que hay escritores que trabajan su propio ritmo a través de la música. Hace poco leí una nota que salió en la revista Llegás! en la cual Fernanda Nicolini comentaba el proyecto de cuatro poetas argentinos que estaban traduciendo canciones de Joy Division. Para esto, escuchaban los discos de la banda para sentir el flujo de la poesía de Ian Curtis. Ahí si, porqué estaríamos explorando los límites entre la canción y el verso, verificando hasta que punto un gran tema, una vez traspasado de un formato a otro, pude ser o no un buen poema. Sin contar el drama de la traducción o la búsqueda del ritmo interno o la estética misma. Ahí sí. El asunto es que tengo muchas ganas de ver los resultados. Pero conmigo eso no va: suelo corregir una y otra vez párrafos muy cortitos de texto, porque una de las cosas que me mueven es la estética de la prosa, el ritmo interno, esa especie de sonido mental (no me gusta leer en voz alta: odio mi propia voz y siento que eso desarticula el texto) sonido mental que se vería desfasado si escribiera bajo el influjo de una melodía cualquiera. Por eso las fotografías suelen brindar un interesante puntapié. Creo que esto comenzó a partir de un cruce de mails con Natalia Moret, quien me chusmeaba su idea - a partir de las posibilidades de un taller literario- de trabajar con películas, fotos y pinturas. Generar chispazos. Superar el bloqueo ante la nada. Estuve pensando también en pedirle a Maia que deje por un rato sus fotos de insectos para apresar las estaciones de ferrocarril que van desde Moreno a Caballito. Si es posible, el interior de los vagones, algunos detalles. Ojala que podamos hacerlo.

martes, 16 de septiembre de 2008

Contratapa Universitaria


Alrededor de un año atrás comenzaron a llegarme boletines de la Facultad de Ciencias Sociales: noticias, decisiones del consejo, marchas, fechas de asamblea, talleres para el armado de tesis, congresos sobre periodismo y otras yerbas. En realidad, antes de comenzar con Letras, cursé dos materias de Ciencias de la comunicación: antropologia cultural e historia media social general. Lo que no explica, claro, de donde sacaron mi cuenta de mail. Lo que cuelgo abajo son las palabras de Pablo Alabarces , docente de Sociales:


(...)

"Doy clase en aulas espantosas, sin calefacción ni ventilación; los techos no se caen, pero pareciera que podrían hacerlo; no se pueden nombrar nuevos profesores, porque no les pagarían –todavía hay varios que no lo han conseguido jamás–; hemos armado un posgrado de lujo, entre gratis y muy barato, pero no recibimos un solo peso para solventarlo y así hacerlo gratuito, como es en Brasil, sin ir más lejos; los empleados administrativos ganan miserias y son muchos menos de los necesarios –y puedo afirmar, porque dirijo hace casi cinco años una oficina universitaria, que no se trata de ñoquis ni de nada por el estilo–. Los compañeros y compañeras que trabajan conmigo en la cátedra arañan los $600 mensuales, y se matan para dar clases espléndidas, dignas de admiración y respeto por sus estudiantes (que los adoran). Pero lo deben hacer muchas veces y en muchos lados, para así armar sueldos decentes.


Y a pesar de todo eso, la UBA sigue siendo la segunda o tercera universidad de América Latina y una de las más prestigiosas del mundo, la que produce un porcentaje abrumador de toda la ciencia argentina. Un verdadero milagro, que el esfuerzo de las sucesivas autoridades políticas por desfinanciarla no ha conseguido destruir. El milagro consiste en el orgullo tenaz de saberse parte de una tradición democrática inaudita: somos el único país del continente donde un hijo de las clases populares podía llegar a doctorarse en su universidad pública, gratuita y cogobernada. Una tradición democrática que tiene las dificultades propias de la lucha política –que la vuelven conflictiva, pero también más democrática que varias provincias sofocadas por el feudalismo–; y una tradición de autonomía que también garantiza que la producción científica sea minuciosamente independiente, solo deudora del rigor científico –pongámoslo así: ni le pedimos permiso a Clarín, ni le debemos pleitesía al PJ o a Macri–.

Con poca plata –las cifras necesarias son ridículas para el superávit fiscal y la recaudación impositiva– todos los problemas se resuelven. La movilización de docentes y estudiantes garantiza que nadie se la robe: será necesariamente plata bien usada. La pregunta del millón es, entonces, si la universidad pública, uno de los grandes orgullos de este país, le importa algo a este Gobierno. Y a toda la sociedad, que critica los paros y las marchas hasta que llega el día de la graduación de sus hijos e hijas. Ese día, entonces sí, se emocionan recordando al abuelo analfabeto.
"

Pablo Alabarces

lunes, 7 de julio de 2008

Ramones

Hoy me levanté con ganas de escuchar a los Ramones. No una canción o un disco, sino toda la discografía, recorrer hasta agotarme esas canciones repetitivas, chiquitas, furiosas, acordarme de aquellas fiestas punkies, con gordos enormes que tomaban cerveza hasta quedar tumbados en la calle (y había que darlos vuelta como barriles para que no se ahogaran en su propio vómito) skaters, gente ni fu ni fa como yo. De otra vuelta por Ramos en donde tocó Flema y había pibas que escupían a Ricky en la cara. Y Ricky habría la boca y le pedía a la mina mas oscura y más linda que le entubara un escupitajo en la garganta.
Lo raro es que la música de los yorkinos nunca me impresionó demasiado, salvo la figura de Joey, ese mono lungo y desgarbado de 1,98 que, según wikipedia, tenía un cuerpo ¿ectomórfico? y sufría de un desorden compulsivo-obsesivo. Así que no se bien de donde me llegan estas ganas, si nunca pude mas que tararear esos cinco o seis temas que todos sabemos un poco. En fin. Mientras tanto, calmar la ansiedad y la emoción escuchando las baladitas hermosas de Joey por youtube.

domingo, 8 de junio de 2008

Pez


Hay una escena maravillosa de Big Fish en que Billy Crudup está limpiando las hojas de la pileta cuando cree ver (y todos vemos) la sombra de un pez gordinflón traspasando el agua. Ese es el momento en que la experiencia fantástica se cruza con lo real, el instante en que la historia se permite el salto, cuando lo ajeno comienza a intercalarse por ósmosis. También es un punto de inflexión a nivel narrativo: los dos órdenes comienzan a confluir, a mezclarse, y es esto lo que posibilita, mucho después, el cambio de roles. Billy comprende que hay una tensión, que algo del padre empieza a fluir en si mismo. Existe otra certeza: todas las pistas que necesita para reconstruir la vida de Edward están camufladas dentro de la propia invención, todo lo que a simple vista parece un pastiche de mitómano tiene como inicio la ansiedad del propio Edward Bloom, su necesidad de movimiento, aquella otra mujer perdida y olvidada en el pueblito de Spectre. El otro punto de inflexión en la relación entre Billy y Edward es la bellísima escena del hospital, cuando Cudrup tiene que cerrar la historia que el otro ya no puede contar: el último cuento, el de la muerte que se vuelve hermosa.
Se me ocurrieron siempre muchísimas lecturas para esta película, quizá por eso Big Fish se me ha hecho carne y es uno de mis films preferidos, a pesar de que Burton ha hecho pelis, a nivel estético, bastante mejores. Pienso que Big Fish no es solamente el diario de un viaje, sino acaso una especie de viaje de iniciación imaginario: el momento en que el viejo guru acredita a su sucesor. Inevitablemente pienso en las enseñanzas de Don Juan a Castaneda. Como en otra película aparecida el mismo año (Las invasiones bárbaras, la que narra dilemas parecidos entre padre e hijo desde una óptica más realista, intelectualoide y snob) el hijo entiende, demasiado tarde tal vez (como siempre siempre siempre) la voz de su viejo.

Me entusiasman muchas cosas al respecto: recuerdo las palabras de Tinianov, quién decía que la literatura suele saltearse una generación. Es probable que no sea problema de la literatura (ni tampoco del arte) sino de valoración y juicio de lo otro, de la figura paterna, dolorosamente cercana. También pienso en el proceso de reconvertir la experiencia en otra cosa, el eslabón que da pie desde lo sucedido a la invención. Como decía Hemingway, toda historia es al fin autobiográfica, aún, como el caso de Big Fish, la más inverosímil.

viernes, 23 de mayo de 2008

Chevallier


Un texto bastante viejo que acabo de encontrar: creo que por ese entonces, preparaba o repensaba un viaje a Córdoba.


Qué contenta se va a poner al verme, piensa René, mientras clava los ojos en la máquina de café -helado y asqueroso- un par de asientos más adelante. Se pregunta, él que nunca salió de territorio argentino, como será el café en otros países, horrible, se dice, pero por algo la gente, en este micro que va a la ciudad de Córdoba, aprieta el botoncito del agua, que aunque sea pleno invierno y tarde en salir, siempre es más agradable. René escucha el zumbido mecánico del trasto, quiere dormirse pero no puede, se imagina una y otra vez la sorpresa, que más de ella comienza por ser suya, como una mascota chica que empezó a mimar hace ya una o dos semanas, al sacar su pasaje en Retiro. Cierra los ojos pero lo despabila al golpearle el brazo una mujer gorda que viene zarandeándose desde el fondo. Baja la escalera y René ve, entre nieblas, como se acerca al cubículo de los chóferes (De pronto recuerda dos cosas: la primera, una vez cuando era chico, al ver como el chofer uno, el que manejaba, le cedía su lugar al chofer dos, evitando que el otro lo apoyara, aprobando de a poco el control del volante y el acelerador. El chofer número uno, ahora, reconvertido en chofer número dos, pasaba a ocuparse de los mates. La otra es una cosa más bien extraña y morbosa: acaso provenga de un libro o de boca de su abuelo. En fin: la historia de un chofer que debía trasladar un cadáver, en su coche, desde nosequé provincia del interior a la ciudad de La Plata. La cosa es que el eje hidráulico…) y vuelve, bostezando, como queriendo murmurar que frío, pero que frío espantoso hace en este micro. Entonces René mueve los dedos de los pies, a esta altura entumecidos.

Más tarde alguien le toca el hombro, permiso, escucha, muy despacito, y siente la inmovilidad. Es de madrugada y algunos se van apretujando para comprar un sanguche o fumarse un pucho en la parada. Deja pasar y después se pone de pie, pero como voy a dejar de quererte, se imagina diciendo, ella cerca, querer, ese verbo siempre. Bajar las escaleras y las luces, los perros tirados, el olor a tristeza pura de la carretera. Lo primero es ir al baño, donde casi se queda dormido en el inodoro (ya perdió la costumbre heredada de su madre, no sentarse nunca, colocar las manos y sostenerse a pura fuerza de triceps) para luego salir poco menos que corriendo, subirse al micro y, al arrancar, pegar un grito. René se baja como puede y se sube al micro donde lee Córdoba, casi borroneado como la copia de una copia en papel carbónico.

Pasan diagonales, más y más árboles, música en los oídos (ahora Caetano Veloso) indicaciones triangulares en color verde que marcan cuanto resta, la distancia como medida cuantificable y norma. Al entrar a Córdoba recuerda cosas sueltas, un paseo nocturno, las escalinatas de la catedral, el miedo al violador del bosque. El micro da unos giros y se detiene. No es Retiro pero casi. Al ver tanta gente, René piensa que los desconocidos también lastiman. Ya no piensa en nada y se tira en una mesa con el bolso apretado. Llama al mozo. Que sencillo es quedarse, sentir, imaginar. El último sorbo de café es, para René, pura azúcar derretida.

jueves, 22 de mayo de 2008

El remisero llorón

Hace uno o dos sábados me tomé un remis hasta el centro de Ramos. Así conocí al remisero llorón: un gordito treintañero, de barba pelirroja, que iba escuchando la radio de Jesse James. Hablamos dos o tres pavadas: me preguntó para donde salía y un par de cosas sobre un barcito que clausuraron hace poco por San Justo. Promediando el viaje empezó a sonar un temita de la santa Gilda. El gordo subió el volumen y manoteo un pucho. Me acuerdo que por la secundaria tenía una preceptora muy linda con la que bailé un rato con esta canción. El remisero iba tarareando y en un momento me di cuenta, no se bien como, que estaba haciendo fuerza para no largarse a llorar. Antes de bajar me dijo “¿Que querés? Esta canción me hace mierda”.

viernes, 9 de mayo de 2008

De casorio


Ayer uno de los chicos me mostró esta foto. El tiempo, en estos casos, se mueve superpuesto, a un ritmo de cinco o seis simultaneidades por minuto. Fines de marzo, casa quinta para el lado de José C Paz, enjambres de mosquitos merodeando el cuello. Los cinco, después de transpirar el pedo con el bailongo y el inefable carnaval carioca, haciendo tambalear un tobogán no permitido para mayores de quince. Me acuerdo que esos zapatos y la camisa oscura fueron un préstamo de mi viejo: lo único que tenía- y sigo teniendo- son los leñadores que usaba para la secundaria. Después de eso, algunas imágenes: Paula semidormida en el baño de hombres, mientras su hijito Martín pataleaba sobre la verja de la pileta; dos mozas que, al finale, rejuntaban todos los culitos de las botellas de vino y metían el líquido en una nueva, para después meterle a presión el corcho; la vuelta a casa en el 306, conmigo dormitando, la ventana abierta al tope y la música de Los Ramones a todo-lo-que-da. Nos preguntamos quién será el próximo. Aquellos que no se sacan la corbata después de tres o cuatro horas de casorio, son los que vienen más asentados en el asunto.

lunes, 14 de abril de 2008

Sábado

Me gusta la chica de los aparatos, me gusta como me mira, como me presta atención y sonríe cuando digo algo. Cuando pasa al revés, lo de siempre: el instante en que la estructura se viene abajo y ya no sé si mirarle los ojos, la boca, o qué. Después, me doy vuelta para escuchar el comentario de otro sobre una película de Antonioni y la siento ahí atrás, mirando al balcón o al que habla, pero no, mi nuca, mi espalda, el vaso de vino que vuelco sobre un sueter blanco (el tinto no sale más y me estoy riendo). Afuera, el frío me hace sentir algo que acabo de escribir en otro post: una latencia que se toma vacaciones cada seis meses: pienso que en Europa está avanzada la primavera y eso me entristece. También me acuerdo de algo que leí sobre Kurt Cobain: usaba un montón de remeras, una arriba de la otra, para no parecer tan flaco. Yo también parezco más grandote en invierno.

miércoles, 2 de abril de 2008

Si, estamos todos locos

Me entristece, pero no tengo posiciones concretas, inamovibles: siento que todo puede ser enmarcado en este vector (y por momentos me la creo y planto bandera) pero después ahondo en la otra parte del discurso, en el mecanismo retórico y las posiciones ideológicas de los huelguistas. Tengo una posición encontrada, divergente. Me falta información, ganas de pensar, ganas de discutir. Pero también es cierto que todo parece moverse debajo de la superficie, en una zona poco clara, en la cual el análisis debe orientarse tanto hacia los procesos históricos generados por el agro, los pormenores del aumento de las retenciones (me gustaría pensar en una distribución más equitativa de la renta nacional) o esta especie de lucha dialéctica entre distintas clases. Desde siempre me asusta mi enorme capacidad de funcionar como solvente, mi escaso apasionamiento: me encantaría ser de esos que levantan la voz en una sobremesa, para gritar a favor de la carta que estuvo circulando por todas partes, a causa de las lecturas poéticas organizadas por el gobierno de Macri o declamar posiciones a favor o en contra de la violenta medida de fuerza campestre. En estos días, además de interiorizarme y diluirme a la vez, estuve leyendo por puro placer no académico. Cosa rara y asombrosa que en verdad extrañaba mucho. Lo últimos libros, durante el verano, habían sido un poemario de Fabián Casas y sus Ensayos Bonsái. Ahora me atraganté con dos de los regalos de mi cumple: una obra de teatro de Javier Daulte y otra de Daniel Veronese. La segunda (Del maravilloso mundo de los animales: los corderos) en apariencia más profunda y virulenta, bordea extravagantes encuentros familiares con tópicos que susurran en voz no muy alta acontecimientos de la última dictadura. Ni mal ni bien, pero me aburre la recurrencia. Criminal, de Daulte, es una obra seudo policial, fantástica y desopilante, mordazmente psicoanálitica y con un ritmo patotero.
En otro orden de cosas: hoy tuve un rapto de imaginación extraño. Imaginé que me robaban, me hacia el valiente y me pegaban un tiro en la panza. Primero sentí que no estaría mal morirse de esa manera, que de pronto todo el cansancio se venía y ahí terminaba la cosa. Estaba bien. Después me di vuelta y me dije que quería vivir (mientras pasaba por la panadería pensando en comprar o no unas facturas) que todavía me faltaban bocha de cosas por hacer.
Ahí pasó algo raro: sentí nauseas, el balazo había sido en el estómago y no era anormal que empezara a vomitar. Eso me espantó. Después llamaba a mi viejo por celular, le decía que me estaba muriendo y que me viniera a buscar en la esquina del super de los chinos. Ahí terminaba el asunto.