martes, 6 de noviembre de 2007

Bajar un cambio



Chango Spasiuk "Mi pueblo, mi casa, la soledad"

domingo, 4 de noviembre de 2007

Domingo violento

Durante ese ratito fui otro tipo, algo así como un toro que había visto una cosa roja. O simplemente una calentura horrorosa sin ese segundo de calma en que la cabeza te dice “pará, por favor pará”. En ese caso uno opta por enfriarse y tomarse un respiro. No. Nada de eso. Directamente me fui al humo. Tal vez haya sido la primera vez que me peleo más allá de alguna cosa de chicos o casi adolescentes. En realidad solo fueron dos o tres golpes en poco menos de cinco segundos hasta que nos separaron un número impreciso de brazos y gritos. Después quedó la batahola, la suspensión del partido, gente que me decía “cumpliste el sueño de todo jugador de básquet: pegarle a un juez”. Ahora que pienso el instante todo se me hace lento, me quedan sensaciones pero los detalles me los van armando otros que me cuentan. Por ejemplo no sé en donde pegué; estoy seguro que el otro me pegó por que me duele arriba de la ceja. Ahora me dicen que podría haber una denuncia. Encima mañana tengo parcial y no puedo concentrarme ni tocar un apunte. Es muy tarde, tengo insomnio, lo peor es que ya sé con que voy a soñar cuando consiga dormirme.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Asi estamos por casa

A la tarde, chusmeando el blog de Molina, pensé que a mi me pasaban otras cosas. Tal vez una pequeña leyenda que mi madre se encarga de contar ante mi vergüenza, claro, cada tres o cuatro reuniones familiares, me recuerda que en el jardín tenía dos novias. Varios años después, en aquellos veranos de colonia de vacaciones, una de las chicas que luego sería bomba térmica de la secundaria, se me acercaba un rato cada día, jugaba conmigo a las hamacas, me regalaba puñados de caramelos Sugus. Hasta creo que una noche de campamento caminamos de la mano, asustados por que nos habíamos atrevido a dar la vuelta a un laguito artificial y podrido, levemente fantasmal: se decía que nos podíamos hundir en el barro, que era peligroso ir solos, que había una señora loca que vivía al final del predio. Creo que menos por timidez, por ese entonces era más importante que al subir el chofer del micro me convidara Coca Cola que mi “noviazgo” con Sabina. Mientras sucedía esto, o después, por que ya no recuerdo demasiado bien los grados (que son esa manera de contabilizar las edades que tenemos cuando chicos), me dedicaba a escribir cartitas de amor por encargo. En una de esas porque escribía bonito, o no cometía tantos errores ortográficos, o sabía decir con linda letras “estoy enamorado de vos”, algunos compañeros se empecinaban en que les pasara por escrito esas ganas de estar con alguien. Al final, si todo salía bien, recibía un gracias y hasta una golosina en el kiosco del cole. Creo que después, un poco harto, comencé a poner al final de la hoja escrito por Martín, seguramente con la secreta esperanza de que alguna de las chicas se fijara a quién tenía un par de bancos atrás, siempre flaco y con el pelo renegrido.
Pensando, no solo me pasaban otras cosas, sino que estas eran exactamente contrarias a las cosas de Molina.

martes, 30 de octubre de 2007

En ascenso

La autoestima sube
mientras saco la juguera del mueble y preparo las naranjas
luego aprieto con fuerza, mucha
que se puede
y salen los hilitos y las semillas y la pulpa
la tapa cerrada por que me gusta que el chorro
escupa de golpe, no despacio
cinco o seis segundos hasta que el remolino de la juguera
se siente en la palma y ahora otra naranja
partirla al medio, cerrar la tapa y lo mismo;
como avionetas pasando a mil
tomo mis proteínas saludables,
soy un buen hijo de mamá
aunque parezca lo contrario.

domingo, 28 de octubre de 2007

Una canción bonita...



para terminar de una buena vez este domingo, Me daras mil hijos, "Sueños de auto stop"

jueves, 25 de octubre de 2007

Laucha

No escribí demasiada narrativa este año: a lo sumo dos o tres cuentos con resultados dispares. Es probable que este no sea un relato apropiado para el soporte blog, es largo, alrededor de 2000 palabras, de un tono bastante crudo, no recomendable para lectura "entretenida" en horas de oficina. Se recibe con sonrisa cualquier comentario, sensación, idea, corrección, etc.



Laucha

I

Son las once de la mañana. Debe ser mamá. Va a esperar que saque el cuerpo de la cama, me ponga las pantuflas, abra la puerta. Quizá proteste por la poca ventilación o esa mugre seca que imagina desde la puerta, amontonándose en todas partes. Por qué nunca entra, eso es claro, se limita a refunfuñar un buen día, a maltratarme con esa mirada ridícula, como si no acabara por reconocerme o me confundiera con otro. No la culpo. Yo también me quedo frente al espejo un rato antes de abrir la puerta y manotear el desayuno, me quedo frente al espejo, sin saber bien que cosa busco en la cara, que sombra o gesto hay de mí en esta cara gorda que me mira. Es que soy un gordo asqueroso. Solito me doy cuenta. Ni falta hace que mamá me lo refriegue cada vez que golpea la puerta como una rompe pelotas. Pero siempre me termino por levantar, siempre, pensando que debe ser mamá, que la vida nunca trae sorpresas, que yo no quiero sorpresa alguna que trate de tirarme la puerta abajo a las once clavadas de la mañana. Me interesan las facturas de grasa y el diario, solo eso, a veces alcanzarle el lazo de Laucha, que lo haga hacer pis, que sienta el aire fresco en el hocico.
Es mamá, no hay vuelta que darle, mirando sin reconocerme, como se mira la espalda de alguien. El pobrecito de Laucha gime: tampoco le gusta salir, se me ha acostumbrado al encierro, al aroma de los papeles de diario que cubren la cocina. Acaso le moleste la luz: ese elemento sucio que demuele las cosas volviéndolas indescriptibles, prácticamente inusables. Pero mamá no comprende. Me mira con asco. Piensa que estoy gordo, que las estrías en los brazos son asquerosas, además las varices; que por lo menos tendría que sacar al Laucha, dar la vuelta manzana como un perro, como el mismo Laucha, perro viejo y tonto.
Pero al rato mamá vuelve. El desayuno rico, comento. Ella dice que sí, perfecto, y después se queda callada como si estuviera reprimiendo sus ganas de escupirme.
No vuelvo a ver a mamá hasta el anochecer, cuando me trae la cena. El resto del día se pasa lento: meriendo, leo el diario, me echo en la cama. En general dormito hasta una hora imprecisa en que miro por la ventana, esa hora en que los veo. Los dos caminan despacio, como si tuvieran miedo a caerse, un pasito delante del otro. Uno es viejo, tal vez demasiado, camina encorvado con los brazos adheridos al cuerpo. Hay en él una falsa suavidad, la máscara pueril de un hombre sometido: tiene un modo sucio de morder el cigarrillo, una mirada entre gozosa y alerta. El otro, bastante más chico, parece maricón. A veces abraza al viejo, le señala algo, un chico jugando en el tobogán o un árbol cualquiera. En el maricón hay otra cosa, algo indefinido que contrasta con su cara lisa de bebé. No sé. Tampoco me importa. Lo que me divierte es esta hora crepuscular en que caminan juntitos por la plaza; ese momento en que el letargo del día entero se apura, como si la inmovilidad que me gobierna me brindara una pausa, una detención de la culpa. Los miro y entiendo que existe un universo más allá de mi terror y mi grasa.
Los jueves me toca limpiar la porquería del Laucha. Me da reverendo asco y la porquería se acumula en los rincones o en el baño. A veces la voy empujando con el pie hasta el balcón, y queda ahí, maloliente, hasta que el olor nauseabundo deja de infectarme los ojos. El Laucha es tan mugriento como yo, cosa que siempre dijo mamá. Tal para cual. La pareja perfecta. El bicho no es tan gordo, pero francamente es un pobre espécimen de perro. Por algo le puse Laucha: está medio cojo y es terriblemente vago. Hay ocasiones en que morfa acostado, todo sea por no levantarse, o anda por el departamento arrastrando la panza, con las patas traseras casi muertas, inútiles. Cualquier otro no podría ni comer ante la presunción de esa deformidad acostada a tan solo unos metros.
La cosa es que tengo que limpiar la porquería. Recién pensaba, mientras el nene le prendía un cigarrillo al viejo, que bien podría tirar la caca por la ventana. A nadie le importaría. Acá me tienen como un lunático, nadie se atrevería a rajarme, pero, por sobre todo, le tienen un respeto enorme a mamá. Lo que sucede es que sería brutalmente gracioso esto de un pedazo de mierda cayéndole en la cabeza a una señora. O a un tipo de traje, con el portafolio a cuestas, hablando interminablemente por su teléfono celular. Me parece que lanzaría una puteada rabiosa, un gesto obsceno hacia arriba, la cara salivosa y alerta ante otro pedazo maloliente silbando del cielo. En fin. Imagino que limpiaré después de comer. En realidad no creo que tire la mierda hacia abajo.
Ahora que lo pienso, una cosa extraña son las manos. La del viejo parece un gato hecho ovillo. Esos gatos que no buscan mimos, que no buscan más que un rincón solitario para echarse a dormir y comida en el plato. La del pibe es más bien como un pájaro volando alrededor. Algo abierto, desenfrenado, vivo. Me pregunto cómo serán mis manos, pero me cuesta trabajo identificarlas. Le tendría que preguntar a mamá, pero a ella no le interesan estas cosas. Hablando de ella, hoy no ha querido sacar al Laucha, dice que está meando sangre, que le da asco. Sencillamente no quiere. Yo no lo pienso sacar. No bajaría a la calle por nada del mundo. Ni siquiera por el Laucha.
A las once de la mañana mamá golpea, con esa cara demolida incrustada por encima de los ojos. Me alcanza el desayuno y el diario, unas naranjas para exprimir, tienen vitaminas, dice. Luego da media vuelta, sin mirarme. Me deja con la correa en la mano y con la palabra Laucha encastrada en el medio de la boca: el perro no se ha levantado: sigue meando sangre, cagando blando. Me tiene un poco triste. Creo que se muere. Yo no creo que un perro presienta la muerte, no creo, pero la verdad es que nunca se sabe. Eso debe ser terrible. El presentimiento digo, aunque tal vez, al envejecer, uno se va acostumbrando a la idea. O se cansa de las cosas, que es lo mismo. Pero el Laucha no puede saber nada del tedio o el cansancio, estas ganas de morirse de una vez por todas. La muerte ajena es una cosa muy distinta a la muerte de uno. Y el Laucha se me muere. Nada que hacerle. Y por si fuera poco sufre como un condenado. Me doy cuenta por los ojos, por esa permanencia que no es vagancia sino dolor inyecto; también por la lengua, tan reseca y ajada.


II

Ahora va llegando lo que te quiero contar, todo el resto, lo anterior, es preámbulo, excusa para qué te des una idea del asco que me tengo. Que mi único divertimiento son dos tipos que caminan siempre a la misma hora y mi único compañero, el único que tengo, es un perro demacrado y moribundo. Este perro de mierda que se muere sin remedio. Y aunque no lo creas, aunque sea inmensamente difícil imaginarme a mí, a esta bestia, tengo ganas de llorar. Si se muere el Laucha yo me pudro, se me pudre el alma. No tengo más que el Laucha, sencillamente no tengo otra cosa: no tengo madre, no tengo amigos, tal vez no tenga sombra, acá está siempre tan oscuro que uno no logra estar seguro de nada.
Si, tenés razón, prometí contarte. El Laucha comenzó a gritar bien entrada la madrugada. Supongo que hasta los vecinos lo oyeron. Hay veces en que sueña con dios sabe qué, es que no imagino que puede soñar un perro, la cosa es que sencillamente sueña, se pasa un buen rato gimiendo, hasta que le grito “Laucha” y se revuelve en su colcha. Pero anoche comenzó a gritar distinto, a sufrir a gritos, no sé explicarte. Yo no supe que hacer. Lo levanté a la fuerza y lo encerré en el baño. Después cerré la puerta. Lo dejé así el resto de la noche, sufriendo, arañando con las patas la madera de la puerta.
Mamá llegó como siempre a las once de la mañana. Se espantó con esos gritos harto cansados, que no eran aullidos ni nada, gritos te digo, que nunca oí salvo en esas películas de guerra, aunque no eran lo mismo, claro. Mamá entró con mucho miedo, como si algo le ordenara que sí, que esta vez bien podía entrar al departamento. Y me miró con ganas, sin repulsión, como si en verdad quisiera al perro o me quisiera a mí. Luego, muy despacio, los dos entramos al baño. Ahí estaba. Sencillamente ahí con el estómago inflado y acurrucado en un charco de sangre seca. Entonces mamá se puso a llorar, así como te cuento, de la nada se puso a llorar. Es que estaba vivo, aunque ninguno podía saber como seguía vivo este animal de mierda. Ella no quiso preguntar cómo fue que lo había encerrado en el baño, cómo era posible que un gordo hubiera hecho algo como eso, yo, este gordo, con el perro que tanto quería. No lo dijo pero sé que lo pensó. Por eso se fue corriendo al rato, enferma de espanto, cuando se le ocurrió que ya no había perdón, que ya estaba podrido, completamente podrido de pies a cabeza.
Sé que suena estúpido pero volví a quedarme tildado. La puerta del departamento abierta. El desayuno abandonado en el mueble de la cocina. Como el Laucha se había quedado tranquilo lo dejé en el baño, agotado de sus gritos inútiles. Después hice lo de siempre.
Ese día fue en verdad terrible, el más terrible que me tocó vivir. Cuando comenzó de nuevo me decidí a llevarlo. La idea me llegó como una descarga a la cabeza, no se bien cómo, de una forma fugaz, con una potencia distinta, como si ahora pudiera, como si las cosas fueran de pronto demasiado claras para ignorarlas. No sabía donde. Sacarlo nomás. Cuestión de preguntarle al encargado. Entonces lo levanté sofocado entre gemidos, temblando como la gran puta, y lo envolví con la capa de un viejo disfraz de Superman que todavía guardo en el armario.
Y después de una pila de años tomé el ascensor y salí del edificio.


III

Ni una sola vez quise mirarlo a los ojos, tenía el pelo pegoteado, los músculos rendidos, una baba verde que le goteaba a través de la espesura de la lengua. Tenía trozos de lágrimas hundidos en el hocico, un caminito de hormigas, algo por el estilo. No quise mirar más. Como te contaba, tampoco quise mirarlo a los ojos, algo me indicaba que, de mirarlo, el recuerdo de esos ojos desbarataría mi cuerpo, que en todo caso ya no podría rearmar mis restos.
El encargado miró con temor. Dijo que pediría un coche, que a unas pocas cuadras había una veterinaria.
Como el coche no llegaba decidí caminar.
Si me preguntás que sentí en ese momento con el Laucha a cuestas, andando afuera, no sabría que decirte. Puede que no haya sentido nada.
Crucé la calle, yendo para el lado de la plaza Irlanda, pensando que es mas corto, que por el medio se llega más rápido a la avenida. Sentido común. Claro. Pero me olvidé de un detalle. Ese detalle. El que ahora pensás. Es que los dos estaban ahí, sentados en una banca, el marica y el viejo. No sé si me miraron. Puede que sí. Y si lo hicieron fue como si todo este tiempo hubiesen estado aguardando que bajara, esos dos, tan diminutos y contemplativos. Comprendí que esa mirada sucia terminaba por humillarme, que todo esto era una abominación de la desolación, una forma del miedo. Pensé que todos estos años de encierro no fueron reales, que con ellos no podría construir una sola palabra, siquiera abollarlos, escupirlos, maltratarlos verdaderamente. Tan sencillo y brutal como eso.
Miré embobado la plaza un cuarto de hora, los chicos jugando, el pasto, el griterío. Así miré, pensando idioteces extremas, hasta que el Laucha se quedó bien quieto, hasta el instante mismo en que la pata izquierda dejó de temblar para convertirse en algo así como un gato dormido o una bolsa de comestibles.

La mejor directora de puesta que conozco...



Nada de quiki Lucila, que va a salir genial!!

martes, 23 de octubre de 2007

La semana de los muertos vivos

Últimamente me siento bastante dormido, pareciera que estoy harto de tantas cosas y se me da combatir el hartazgo con mi mayor inanidad: no me rebelo ni pienso ni hago. Todo se mueve light, sin peso, no hay amor ni desolación, tampoco hay ganas de buscar ninguna de las dos cosas. Ando de aquí para alla con el mp3 pegado a las orejas, casi sin darme cuenta que estoy cansado de escuchar el mismo disco.
Ayer, sentado ante la compu, di rienda suelta a un bollo que no creía tener: escribí tres o cuatro poemas de un tirón, o por lo menos les di forma al cuerpo principal, cuerpo que después hay que retocar, torcer, arrancar (como ahora). Por lo menos pareciera que algo sigue activado, que todavía funciono aunque camine como un sonámbulo: la pieza del fondo sigue con luz, eso es bueno.


Satélite:

Mi pequeño aviador, tu bufanda de tela al viento
las antiparras azules, por favor
no me dejes hundir en altamar
abajo hay buzos que estrujan los dedos
no se que buscan
pueden comprar gemas por teléfono
cascajos en exorbitante cantidad.

Aquí parece que todos se han dormido
la belleza es un mito del pasto
mi pequeño aviador
tus alusiones son delicias lejanas
inhóspito viento en la boca
al abrirse
puede llenarse de tragedia y vuelo
caída que aguarda:
no hay red de protección aquí abajo.

Miro tu rostro de espejo
la sonrisa dolorosa
a tus huesos les falta un cartelito que diga
recién pintados, mi pequeño
una luz de gente opaca la fantasía

la luna ya no es de queso para nosotros.


lunes, 22 de octubre de 2007

¿Yo?

Aunque tengo mis momentos de dulzura
no voy a negarlo
la glucosa es un componente extraño en mi organismo.
Una vez me dijo el diariero, yo era chico,
tu reloj de arena trabaja a deshora. Era verdad
ahora lo sé
la madurez es como los cordones al desatarse:
hago un doble nudo y sigo caminando.


viernes, 19 de octubre de 2007

¿Y si te mando a vos?

El Museo Castagnino + macro de Rosario convoca a participar del Primer Salón de Belleza: un concurso abierto a todas las obras y especies. Enviá tu propuesta (imagen, texto o proyecto para que el jurado elija) hasta el 31 de octubre de 2007 al e-mail produccion@macromuseo.org.ar. Los seleccionados (cuadros, personas, perros, ropa, etc.) serán presentadas el 16 de noviembre en una muestra estática y un desfile, celebrando el 3er. aniversario del macro.

¡Mandemos nuestras linduras!

jueves, 18 de octubre de 2007

Como hundirse en el agua


Esto es de Lucia Prieto, lo encontré en la sección "laberintos", acá. De más decir que me encantó.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Domingo

Cena con Lucila; viajo a San Miguel, me cuesta encontrar la dirección por que no tengo mejor idea que olvidar mi infaltable Guía T. Casi llegando veo en el subsuelo del edificio, a través de unos ventanales que dan a la calle, una pileta climatizada: una mujer grande, de malla enteriza, se lanza de clavado. No puedo evitar pensar en “Lost in Translation” y me imagino un poco Bill Murray, con su risueña cara melancólica y gastada.
Después de abrazarla a Luci y decirle- en serio- que está mucho más flaca, le comentó lo de la pileta. Se puede nadar hasta las once, me dice. Me quedo callado. Comemos lasagna en un departamento de piso alto, con mucha luz. Luego tomamos cerveza. Quizá porque viví siempre en una casa con jardín, los departamentos me impresionan, me imagino recorriendo escaleras de madrugada, tejiendo historias absurdas con vecinos, cosas así. Después de comer -muy rico- y charlar, Lucila se queda dormida arriba de la mesa, con el cabeza muy torcida sobre el brazo. Aprovecho para fumar un cigarrillo mirando por la ventana: parece que todo cabe en la vista, todo tan pequeño y palpable. Escupo para abajo y me parece oír el estrépito de la saliva, cosa a priori imposible. La ventana como una puerta titilante, un oscuro pasadizo al jardín semi- abandonado de mitad de cuadra, la plaza Muñiz, una mujer en la esquina que parece una muñeca de trapo o un maniquí que mueve las piernas a control remoto. Despierto a la dormilona, que me baja a abrir en pantuflas, con esa cara de medio sueño que tenemos en los ómnibus de larga distancia.
Al rato estoy de vuelta en el colectivo, escuchando unos temas de David Bowie, preguntándome que estará haciendo Scarlett Johansson a estas horas.

martes, 16 de octubre de 2007

Día de la madre

A veces pienso que soy yo, el nene varón más grande, uno de los motivos del constante malhumor o la tristeza disfrazada de rabia de mi vieja. ¿Las cosas serían distintas si aquel otro nene hubiera terminado de nacer y crecido y jugado con triciclos y perros dálmatas? ¿Entonces yo tendría otro nombre, sería un tipo distinto, tendrían menos efecto mis cosas? Como es un tema innombrable o casi olvidado en una familia que ha aprendido a escapar de los sentimentalismos y el recuerdo, mi pregunta es uno de esos círculos dibujados a mano, siempre chuecos, repletos de pancitas o deformidades. De pronto me digo que no soy yo, es el trajinar de una vida que no salió como se esperaba ¿Pero en realidad hay vidas imaginadas? ¿O solo hay mayores o menores cuotas de inconformismo o lucidez, orientadas en direcciones más o menos correctas?
Hace unos meses escuché a mamá hablando con una amiga, diciendo yo no sé, realmente no sé, como me aguantan acá, siempre levantándome malhumorada, con esta cara. Y quizás días en que uno está tan hijo de puta que le escapa a un abrazo necesario (como hoy) o piensa en voz alta esas cositas que mejor guardarse para dentro. Un hijo como este, cierto, una pesadilla a pagar en cuotas extensísimas: ¿Y si algún día tengo una nena, y si me enamoro de esa nena como sin dudas me voy a enamorar, y si esa nena salé con estas manías tan propias, tan mías? Mejor ni pensarlo.
La cosa es que llega el día de la madre y me he puesto a pensar en un regalo bonito. No quiero regalar ropa, ni carteras, ni zapatitos. Una de las pocas expresiones de gustos que le he escuchado a mamá es el ballet. Busco en el google: no hay nada programado en el Coliseo hasta diciembre, en el Luna Park está ese tal Iñaki que aparece en las revistas, pero la entrada barata y acorde al bolsillo debe ser al lado del baño de caballeros y el resto cuesta un ojo de la cara (¡oligarcas!), así que termino chusmeando las ubicaciones en el Teatro Astral, pensando que Cabaret puede ser tan linda como dicen, que no cuesta tanto, que hace muchísimo que la vieja no tiene oportunidad de estrenar la ropa que le regalamos otros años, un sábado a la noche, en un teatro o en una cena.

viernes, 12 de octubre de 2007

Love minus zero/no limit



“My love she's like some raven/ at my window with a broken wing”


Esta desprolija y maravillosa versión de Love minus zero grabada en un hotel de Londres antes de los lunáticos recitales en el Albert Hall sería parte del documental sobre la primer gira europea de Bob Dylan and The Band. Y lo que realmente está genial es que suene el teléfono en el medio de todo y de las diez personas amontonadas hay quienes bostezan o fuman o miran asombrados. Este fue el primer tema de Bob Dylan que me conmovió, ahora, del otro lado de la pantalla, la sensación de sopapo en la mejilla sigue intacta.

jueves, 11 de octubre de 2007

Objetos raros

Mientras el colectivo dobla en Arieta y Jorge Drexler me dice al oído que ya no hay hombres que fabriquen mañanas, pispeo en la esquina algo asombroso: un hombre protegido de la llovizna por un paraguas transparente. Si. Uno de esos paraguas de tela o plástico entre blanco cristalino y ese amarillo que denota el paso del tiempo. Yo no sé en donde, antes, había visto una cosa así, tal vez en una película de Disney o en alguno de esos musicales yanquis. No sé, pero la imagen es estupenda (¿Por qué no tendré una camarita digital a mano?) Al rato el colectivo acelera y el hombre del paraguas transparente se esconde debajo de un toldo; habría que ponerse a pensar en que momento salen de su cueva estos señores, de que cajón profundo sacan un buen día sus paraguas transparentes y salen caminar sin ningún drama, a la vista de todos…

miércoles, 10 de octubre de 2007

Café Expresso


Todavía no aprendí a inflar globos
la verdad me parece un don bastante inútil
pero la cosa es que siempre respeté
a la gente grande que de un soplo
plaf

sin ponerse colorado
pero si, es cierto
a mi también me pasan otras cosas

sin ir más lejos me asombran las mujeres de uñas pintadas
y gusto de mirar las cosas quietas
inmóviles y sucias

todo lo que flota me espanta

no hay nube que no pase rápido
sonrío
la nube ha pasado
arriba de mi cara

en realidad, me hubiera gustado una cotidianeidad
sin tantos peligros a la vista.

lunes, 8 de octubre de 2007

Inland Empire II

Vimos Inland Empire en un cine vagamente laberíntico, con las paredes cubiertas por alfombras rojas chillonas, extravagantes. A diferencia de otras películas de David Lynch aquí no hay quiebre que venga a romper con una estructura mas o menos narrativa: el film es una ruptura constante, una embestida de imágenes claustrofóbicas que parecen perseguir una lógica pesadillesca.

Sucede que Imperio da miedo, asusta, genera impaciencia y ansiedad, brinda secuencias espeluznantes en cantidad industrial, pero no empatiza, no se acerca al espectador, genera sensaciones y no sentimientos: es claro que mi acercamiento a la cinematografía se debe esencialmente a lo segundo. En otras películas lo que lograba Lynch, más allá de la fragmentación, eran escenas impecables, repito: escenas y no fotogramas. No hay prácticamente escenas en Imperio, solo imágenes, y la búsqueda parece más adecuada a la fotografía que al cine. Quizá la última media hora del metraje se acerca más a una larga escena cortada por intermitencias lyncheanas, y fue esa media hora la que en verdad me atrapó.

Por otra parte la utilización de la cámara digital parece perfecta para el proyecto expresivo de Lynch: le permite acercarse a los objetos, intimar con ellos, aunque alejándose del plano, de la continuidad cinematográfica.

Creo que a fin de cuentas podemos tomar a la película como una gran aventura estética: David Lynch es un formidable creador y persigue su imaginario hasta donde quiere o puede. Como espectador, la película me resultó un excesivo tren de carga que por momentos me aburrió, en otros me impulsó una ansiedad casi insostenible que respiraba en las escenas de los bailes, a veces me daba por descubrir una imagen “feliz” en alguno de los vagones y le daba descanso a mi constante temblequeo de rodillas. Se me ocurre un paralelo con El almuerzo desnudo: Bill Burroughs es un gran escritor, sin dudas, pero por momentos me dieron ganas de revolear el libro.

Otra cosa que no pude dejar de notar es que Lynch parece abandonar cualquier preocupación argumentativa (aunque algunos se pueden divertir trazando simetrías o explicaciones) sino que su propósito parece ser el inventario, a veces reiterativo, de un mundo onírico. Esto provoca la ausencia de cualquier apego hacia los personajes, el extravío de la noción de causa y efecto, la pérdida de la referencia espacial y del tiempo mismo: Laura Dern-que sin dudas está realmente magnífica- deja de ser una mujer linda con muecas extrañas para convertirse en un elemento abstracto, la baba de un fantasma que deja de ser humano para convertirse en mera representación mental. A lo largo de la película, pareciera que lo único que le falta a Laura es que la violen ocho tipos con pitos de búfalo. Y lo mismo daría. Por que en realidad no importa. Solo impresionaría por su asco o su repulsión, por su impacto inmediato. Es un cristal donde el hombre ha perdido su lazo, su nexo, o mejor dicho, un nexo que nunca tuvo, por que el film carece de situaciones ajenas al universo ambiguo y borroso de Lynch. No se rompe con algo, sino que el film, en si mismo, es pura y continua ruptura. No debe haber un solo diálogo pausible o que carezca de absurdo o de situaciones que descolocan al espectador. Todos los personajes parecen hablar como habla Lynch. Todas sus muecas son muecas de sueño, despavoridas: es un mundo de otro por que ese otro- Lynch- ha decidido filmarlo, pero por eso mismo es una construcción privada e inalcanzable.

Si lo fantástico o la magia del verdadero terror se presenta cuando este irrumpe en lo cotidiano, el universo de Inland Empire es siempre ajeno e impenetrable: no ocurre en la parte de atrás de un Dinners, en pleno mediodía, como sucede en Mullholland Drive. Aquí lo verdaderamente terrorífico es la posibilidad de que el mundo nocturno de Lynch cruce la barrera y se entremezcle con nuestra vida diurna. Lo mismo sucede en Carretera Perdida, con la secuencia de la prisión o de la fiesta, cuando un personaje le aclara a Bill Pullman que está ahí, pero que al mismo tiempo está en su casa. Y no es broma, por eso le da un teléfono y le pide que lo llame. Eso hace Pullman. Y eso podríamos hacer nosotros. Esto es lo que pierde Inland Empire, lo que abandona David Lynch en su viaje hacia el seno de la insurrección del mal, hacia el interior de la caja esmeralda para la ansiedad y la memoria de un grupo selecto de chicos cinéfilos.

jueves, 4 de octubre de 2007

Preguntas

Hoy me levanté realmente temprano y fui a una primaria de Villa Crespo para realizar un trabajo de investigación con chicos de segundo y cuarto grado. Una de las cosas que siento es que ya no me desagrada tanto la idea de ser profesor: me encontré en verdad contento y en paz ante la veintena de niños revoltosos, explicando consignas, haciendo dictados, repitiendo una y otra vez que nadie se olvide de poner su nombre. Claro que existe un buen trecho entre compartir un par de horas con nenes de 10 años a explicarles adjuntos oracionales a púberes de 15.
De pie ante el curso me convertí en una especie de gigante y luego en algo más absurdo ya con las piernas estiradas, sentado en un banquito liliputiense de color rojo. Nunca pensé que las aulas de primaria pudieran ser tan pero tan pequeñas.
Cuando entramos en confianza empezaron a caer preguntas al estilo:

¿Vos jugás al básquet?
¿Medís más o menos de dos metros?
¿Cuánto calzás?
¿Te gusta el rugby?
¿Tu papá es más alto que vos?

Cuando terminé el estudio de comprensión de texto, una nena de anteojos se me acercó para preguntarme si tenía novia. No sabía que decirle pero le dije que sí, que tenía novia. En realidad me gustó responder que sí. En caso de responder que no, tal vez ella me habría preguntando por qué. Y ahí si hubiese estado en un gran lío. La maestra le dijo a la nenita “Pero si serás chusma, como vas a andar preguntando esas cosas” “Y bue seño” dijo ella. La maestra agregó “Él ya es un chico lo bastante grande como para tener novia”.
Mientras retiraba las hojas del dictado, la niña de anteojos me miraba y se reía.

lunes, 1 de octubre de 2007

Sobre cosas invisibles

Hay fotos y fotos
esas fotos de almanaque, de paisaje bonito
detrás
siempre detrás de algo

fotos que uno saca y después
no quiere mirar
por que el vientre se ha ido
ya no está la cuneta o los baldíos
los dedos de aquel chico rojo
han crecido
tanto

pero tanto ¿sabes?

hay otras como esta
que uno mira sintiéndose raro
con ganas de hacerse chiquito
meterse dentro
pensando por fin
llegas
vos
que te has ido tan lejos
a esa otra tierra sin mate ni tarde marítima
sin libros
sin estaciones de tren en enero

fotos que dan ganas de romper
cuando ya has recordado mucho
oído todos los discos tristes;
en realidad son estas las fotos que prefiero,
las que me gusta guardar y mostrarme
cada tanto

no del todo mal, realmente
para un joven sin barba
que toma café a la medianoche

jueves, 27 de septiembre de 2007

Papeles viejos


"A veces llamamos a este valle “el fin del mundo”, pues se sitúa muy por encima de los altiplanos de la Tierra y no puede concluir sino en lo extraterrestre, a lo inhumano que roza el cielo, al cono pulido del gigante."
Annemarie Schwarzenbach


El verano pasado, por algún motivo que ya no recuerdo- por que en general me vuelco a la prosa siempre que algo me rompe en pedazos- comencé con el proyecto de una novela ágil a terminar en pocos meses. La idea la tuve hace unos años, cuando vi un documental en I-Sat sobre una banda de punk-rock de lesbianas desnudistas. Quise entonces escribir la historia de cinco mujeres que conviven en una casona de San Miguel, todo muy amor libre, con historias pesadas detrás. Cada capítulo iba a tener como prefacio un parrafito de “Muerte en Persia” de Annemarie Schwarzenbach. La primera parte de la novela estaría compuesta por la historia de cada una (sus nombres iban a ser colores: Lila, Azul, Violeta…) y un número cualquiera de escenas desordenadas. La segunda parte sería más bien la edición del documental, la ordenación de las partes dentro de la obra, la puesta a punto del caos narrativo. Si mi imaginación trabaja por imágenes, el proyecto parecía funcionar. Recuerdo algunas “pinturas” que no llegué a escribir, como aquella mujer desnuda que fumaba un cigarrillo a medianoche, tirada sobre una pelopincho viejísima. También recuerdo que pretendía hablar sobre el amor, o la posibilidad del amor, en un espacio marcado por orgías y voyeurismo. En fin: solamente escribí 3000 y pico de palabras antes de pasar a cualquier otra cosa.
Arriba el extracto de Annemarie al primer capítulo; abajo algunos pedacitos de lo que no terminaré jamás:

I

(...) Lila se acariciaba mirando el techo. Si hubiese podido ver ese ojo crispado, con las pequeñas venitas que surcaban el iris como ríos de hormigas, ese ojo en la cerradura, espiando, quizá se hubiese levantado, como hizo después, cuando escuchó moverse la manivela de la puerta con una especie de crujido quemado. Era Julián, el fotógrafo pecoso y alto, con el armatoste negro colgándole del pecho. Se quedó erecto, mirando como ella se levantaba, mientras imaginaba la bombacha blanca que asomaba su pico, la bombachita, y bebió un trago largo de cerveza para después apretujar el vaso de plástico y tirarlo contra el suelo. Así retumbó el vaso, como una piedra de plástico blanco que caía desde muy arriba. Recién entonces vio que la otra se estaba secando en la ducha y pegó medio vuelta, un poco a las puteadas, y vino al dormitorio donde yo transcribía esas anotaciones que iba acumulando en los bolsillos de los jeans, vino y me contó como la nena lila se masturbaba en el baño, con la falda abajo, y la bombachita, claro, todo eso que lo tenía con el pene parado, a punto de explotar.
Yo seguí escribiendo. Julián se tiro en la cama tapándose el rostro con la almohada. Seguía escribiendo cuando, dos horas después, el tipo comenzó a roncar.

II

(...) pero había algo en su cara construido a partir de un absurdo: la sonrisa, el lento devenir de su cuerpo tembleque, ese conjunto de gestos que competen las pestañas, las cejas, la piel de un ojo un momento antes del pestañeo. Esas cosas. Simples. Que esperan que alguien las mire para suceder con algún sentido. Aunque tal vez lo esencial será que nadie las note, que sencillamente sean y toda su estructura, su esencia, es derribada cuando pretendemos darle cohesión a la sonrisa de lila, sus silencios, eso que ya he dicho un poco más arriba. Ella decía que no. Que no podía haber nada de absurdo en sus formas. Mucho menos de siniestro. Pero nadie hablo de siniestro. Alguien dijo siniestro. No fui yo. Después, ya con el grabador y el block de notas, un poco más lejos Julián y sus fotografías, lila me contó como había llegado a conocer a verde, a azul, a la chica gris y a la gorda.
Más tarde, cruzada de piernas, como si pretendiera ahuyentar cualquier pregunta, me dijo que los peces eran en realidad grises y no tenían párpados, o por lo menos eso le parecía.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Un día X

llegó desde lejos
con sus críos y su mascota
dos bolsitos oscuros
uno con sábanas y mudas de ropa
otro con artículos de perfumería
y regalos baratos
pero eso no es lo importante
lo importante
en realidad
es que venía después de una pila de años
acá, de visita, donde solo hay desierto
sembrado en melenas
prolijamente peinadas;

pero cómo llegaste
cuanto tiempo
pensás quedarte

es que estamos tan lejos
vos
yo
¿por que?
si antes jugabas a pegarme
arriba de la cama
y mi mamá me defendía
que soy chiquito
decía
ya basta de golpes débiles que eran
para mí
como chuzas de Karadagian

¿por qué estoy tan lejos de vos
bendito ingeniero de ojos marrones?

afuera hay una pala que junta los días: las voces
tardan un rato en hacerse cuerpo
y de pronto
todos parecemos en paz
el mundo se ha detenido
o cerrado
y la tierra remueve sus pelos;
mi hermano dice que tal un fulbito
todavía es temprano
falta un cacho para la cena.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Aderezos


Me escribe un mail una tal Romina, de la revista "Avantt Magazine", para proponerme un intercambio de links. Parece que estos peces han gustado y a mi me encantó- mucho- la onda de la revista: me acabo de comer una nota estupenda sobre Animal-man: un superheroe casi olvidado que podía convertirse en cualquier bicho que tuviera cerca. El éxtasis supremo era una aventura en un zoológico, de otro modo a conformarse con ratones o mosquitos.
Romina me pide una foto y una breve descripción del blog. Tardo en caer que la foto no debe ser mía, sino de algo relacionado con peces o lo que a mi se me antoje. Demasiado tarde: ya gasté media bateria del celu en fotos en blanco y negro en las que intento salir lo menos peor que puedo. Algún día las meteré aquí, para delicia de la troupe femenina.
Con respecto a la descripción salió algo rapidito:

"Los peces son mascotas estéticas de poca duración. Por eso decidimos sacarnos las antiparras y salió esto: un blog de imagen y poesía (con aderezos) "

Los peces son mascotas estéticas. Eso es bueno. Si señor. No puedo creer que se me haya ocurrido de golpe. Me siento un mini Foucault con mamadera y moñito azul.
Es curioso que luego use la primera persona del plural. El blog es solitariamente mio. Aunque tal vez tenga a la brevedad la intermitente participación poética de Julieta P.
En fin: siento que luego de dos meses, a estos descartables se les ha caído su primer diente de leche. Y no está mal que eso pase.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

De la importancia de saber envolver regalos


Lo más lindo que me dejaste
fue un amigo taiwanés
de esos que manejan bicicletas
como solo vimos en las películas yanquis

esos tipos siempre extraños y con olor a tragedia
estúpida en sus ojos pequeños

si
con la ropa vieja
con olor a tufo y ceniza de bomba desarmada
eso me dejaste
no se bien porque
¿acaso me querías tanto como para dejarme
este amigo taiwanés
o exactamente lo contrario?

jueves, 13 de septiembre de 2007

Inland Empire


Hace cuatro o cinco años, cuando se estrenó “Mullholland Drive”, yo estaba veraneando en Villa Gesell. Me acuerdo de estar caminando, desde el mar, por la 105, casi llegando a la avenida 3, por la vereda de enfrente de aquel cine que está al final de una galería (¿Cine Atlas?) Miré el cartelón gigante de la peli con la cara de Naomi Watts y me fui a tomar un licuado de banana y leche al barcito playero de la esquina. Estaba nublado pero hacía muchísimo calor. No se bien porqué no la fui a ver: por ese entonces ya sabía quién era Lynch, o más bien había visto “El hombre elefante” y conocía las cosas que se decían de su filmografía. Creo que fue el mismo verano que, en aquel mismo cine de butacas durísimas, lloré con “El gran pez”.

Tiempo después me alquilé Mullholland en el video cerca de casa. Cuatro o cinco escenas se me quedaron grabadas en el cerebro: la escena del sueño en el Dinners o la fabulosa parte del Teatro del Silencio (¡que momento cinematográfico irrepetible!). Después de eso me comí casi todo lo que filmó David Lynch. No me empaché, seguía con ganas de más.

Hoy me levanté y pase hojas del diario Clarín buscando el Suplemento Espectáculos, para saber que se decía de la película de Mignona filmada por Ricardo Darín (y actuada por Diego Peretti, ese era mi anzuelo) Me encontré con los ojos celestes y un título que hablaba del príncipe de las tinieblas. Si. Era David Lynch, en una entrevista en la que sin dudas diría más nada que mucho sobre su película. Y su película no es otra que la esperadísima "Inland Empire", que llega con el horripilante título de “Imperio”. Una película de 3 horas de duración filmada en video digital, que promete prostitutas, surrealismo, hombres vestidos de conejos, Laura Dern, momentos memorables, sensación de agobio, ¿música de Angelo Badalamenti?. Resumiendo: el salto abrupto a la dimensión exacerbada que, según parece, es un Lynch condensado. Y voy a estar ahí, no se cuando, pero voy a estar. Esta vez no me voy a perder una película de David Lynch vista en el cine. Lo único que espero es no marearme...

domingo, 9 de septiembre de 2007

La correspondencia no se sueña en agosto


la premonición de Santa Rosa me parece
tan absurda
en boca de mi madre

dice el diario que la inundación llega
o llegaría a los barrios del sur
del Gran Buenos Aires
habrá granizo
(quizás)
gente descalza

existen peces ciegos
supongo
almas que nunca se tocan
crecen en todas partes

lunes, 3 de septiembre de 2007

Gente que guarda cosas

Pasa que ya no entro en las valijas
son tan grandes
yo tan pequeño.
Habría que acomodar una docena de tipos como yo
sería un desperdicio
realmente. Uno utiliza valijas para viajar
llenar de juguetes viejos
arriba
en el altillo
para que se llenen de polvo y poder pensar
para qué quiero esta valija
de cuero ajado
y caquita de ratón en su interior
para qué te quiero
valija gastada
si no puedo meter mi cuerpo dentro
y llenarme también de polvo de viaje
entonces te digo adiós
de una vez por todas
adiós
pelusa de olvido
hasta el próximo e interminable verano.

lunes, 27 de agosto de 2007

La manzana de corazón podrido


Durante años el Indio fue editando en distintas revistas (Cerdos & Peces, Fin de Siglo, Siglo XXI), una serie de escritos bajo el título de "El delito Americano"; lo que sigue son unos párrafos, realmente bravos, que me recordaron la prosa de Céline, publicados en febrero del 88 en revista Fin de Siglo.


El Delito Americano:

(…)

No hemos salido del bosque aún y ya estamos dando gracias. Caminamos agotados mirando el zig-zag luminoso de los proyectiles en el cielo. Las cejas cargadas de espuma vegetal, el olor de la tierra en un vapor metálico penetra en las narices y nuestra musculatura se moja en un jarabe pálido de hierbas podridas. Linternas poderosas barren el valle buscándonos. Nos detenemos a mirar las llamaradas que azotan el horizonte. El regreso de la patrulla, una y otra vez...

(…)

Los técnicos redujeron la gira de la burbuja de gas en el frente. El "material coreano" recorrió los equipos protectores de potasio yodado. Nuestra tropa se ha vuelto cruel. No voy a entrar en detalles. Durante la tregua nocturna, el primer teniente me contó que su bisabuelo fue fusilado aquí en Dublin, en una plaza. Me soltó también que la idea toda del ataque es tan descabellada que solo un borracho destruido como él pudo estar de acuerdo en arriesgar a sus hombres. Todo mientras subía al coche de la Agencia Gubernamental y patria custodiado por una tanqueta cerebrada japonesa. Lo veía alejarse por el camino que corre entre las dunas cuando la altura se ilumino. Un pequeño gesto enemigo bajo el cielo. Como un rayo cayo sobre el grupo. Los vehículos estallaron como uvas y un velo denso y amarillo nos separo por un momento. Luego, nada en absoluto, ninguna señal...

El cielo se ha transformado en un papel metálico donde las voces se mezclan en órdenes y gritos sordos. Los camiones se alinean en los muelles. Puntos de acetileno cegadores acompañan el sonido de las sirenas y las maldiciones de los oficiales. Los radioespejos vibran luminosos y los infantes inundan los hangares acomodándose como mercancía. La casa rodante del comando es lo único inmóvil. Pintarrajeada y silenciosa entre todo el hormigueo. Adentro el tiempo se ha rasgado para el joven comandante y un temor desconocido brilla como una navaja en su cerebro. Sus pómulos están duros como tablas. Se pone de rodillas lentamente y se aflojan los correajes. Se quita el traje frío arrastrando la respiración. Un minuto más... los párpados apenas se resisten. Ya no duele cuando estallan sus músculos abdominales y se muere hirviendo. Por la ventana llegan los gritos de sus hombres, aprestándose, excitando sus perros de combate. Picándolos con palos para que aúllen sin cesar.

viernes, 24 de agosto de 2007

Dos pasajes a la noche

A George:

que el sonido tenía colores
bajo el efecto de la pócima
del Dr. Robert
almas más pequeñas
suelen ver otras cosas

mucho más familia que un lazo
de sangre
tu música se grabó en mis células
de tanto escucharla
cómo dejarte ir sin decirte esto

estarías en paz con el mundo?
con lo temprano que parece
desde acá (claro, no debe haber
antes ni después,
mucho ni poco,
perdoná la tontería...)

dicen que no tenías paciencia
que gastar con los idiotas
bien por vos
qué te habrás llevado
de este corto tiempo
si vieras con lo que se quedan
cuando ya no estás

ves, no lloro esta vez,
como a los ocho años
cuando lo de tu accidente de auto
no me despido tampoco
que no vayas a seguir estando
no es que ya no vayas a ser
cítara de siesta psicotrópica
sol que sale por primera vez

hoy me quedo un poco más huérfano
y aunque tu partida era cosa de días
me había acostumbrado a no recibir la noticia
como si no fuera a llegar nunca
este momento, el paso al para siempre,
siempre duele
pero no hagas caso
sabé que bendijiste muchas vidas

y aunque en vida quién sabe
si eso te importara o te pudiera hacer feliz
ese pequeño grandioso paraíso
aquí se queda con tu nombre
que lo que en vos
nunca lo tuvo
alcanzará
seguro
la fuente de toda dicha


Pedro Aznar

martes, 21 de agosto de 2007

Sin llaves y a oscuras

Era Casas nomás. Cinco meses con un poema metido en la cabeza, recordando pedazos a los tumbos, agregando y quitando cosas. En fin: entre canciones de Pez, entrevistas y cuentos, me choqué con esto:

Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

Fabián Casas

¿Clones de Dylan?

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NUEVA YORK.- El cantautor estadounidense Bob Dylan busca, por medio de un anuncio en Internet, dobles suyos de todas las edades para que lo acompañen en el que será su nuevo video clip.

El autor de temas como "Blowing in the wind" o "Like a rolling stone" optó por colgar un anuncio en www.craigslist.org, una de las páginas de clasificados más famosas de Estados Unidos, para encontrar a sus mejores dobles.


"Buscamos dobles de Bob Dylan, de todas las edades, que midan entre 1,74 y 1,79 metros. Si crees que te pareces a Dylan, tienes su mismo estilo o, gracias al auto hippy o la ropa que has guardado, podrías haber vivido en los 60, queremos saber de ti", asegura el anuncio en Internet.
El objetivo del anuncio es localizar en Nueva York a esos clones del Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2007 y realizar una audición para determinar quiénes aparecerán en la creación musical, que servirá para presentar "Dylan," la gran antología del músico que se publicará el 1 de octubre.

El clasificado además alienta a los interesados a llevar consigo cualquier objeto de los años 60 que tengan en sus manos, desde ropa a automóviles, que puedan ser utilizados como atrezo para la filmación, dice la citada página web.

También se buscan hombres y mujeres de entre 20 y 40 años, que sean seguidores del cantante de Minesota, para que aparezcan en el video clip, pero deben cumplir la condición de tener un estilo adecuado al de los años 60, 70 y 80.

"Hippies, bailadores de música dance o punks," señala el anuncio, que invita a los interesados a enviar una fotografía actual y su información de contacto a una dirección de correo electrónico creada para la ocasión.