
El programa del festival acá
Cada tanto es bueno romper la rutina sentimental, sorprenderse y hacer trasbordo ferroviario hacia Luján. Así, la previa es un compendio de buenas intenciones: pasear por una geografía que apenas recordás borrosamente, sacar fotos, caminar escuchando canciones que coinciden con tu estado de ánimo. Después, si, para cerrar un gran sábado, elegir un bar irlandés, punto neurálgico de la movida lujanera, e ir tomando, una tras otro, porrones y porrones de cerveza hasta las cuatro de la matina. El regreso, de más decirlo, se hace complicado.
Sentados los cuatro, frente a platos calientes,
necesitamos avanzar. ¿Es esto
lo que quería decir?
El balcón, a tus espaldas
da sobre un corazón de manzana
donde la luna ilumina techos y cables.
Sacudida por el viento,
la ropa colgada produce aplausos secos
para nadie.
¡Los pensamientos brotan de mi cabeza
como el sudor!
Bajo el cálido cono de luz,
el brillo de los cubiertos
y el tintinear de vasos y botellas
cometimos la estupidez
de recurrir al mito para ordenar el mundo.
"Lo único que podemos hacer
-dice él- es superar a nuestros padres".
Y yo digo "Sí, sí" y mastico
un pedazo de carne seca.
Nos ponemos tensos. ¿Y ella?
Devorada por el perro de la maternidad
ya no puede articular palabra.
Deberíamos irnos, pero no podemos.
Pienso en la rutina de los parques,
los besos, los paseos al aire libre,
la oscuridad del cuarto
en el que mis viejos se convirtieron en hermanos.
Los días se apilaron entre algodones
como pastillas en un frasco.
¿Nos van a venir a visitar más seguido?
¿La pasaron bien? ¿No te molestó
que te dijera esas cosas?
"No", digo. El violín finísimo
de un mosquito orbita mi cabeza.
¿Cómo pudo escapar del invierno?
¿Cómo podremos alguna vez
escapar de este cuadro?
Distribuimos nuestro tiempo
entre el miedo a la muerte y el miedo
a los demás; la gramática
incomprensible de una reunión de amigos.
Pongámonos los sacos,
saludémonos, deseémonos suerte
y salgamos a la calle
bajo el abrigo confortable de la psicología.
Fabián Casas
En realidad no quiero hablar expresamente del cine de Almodóvar ni de la performance de Penélope Cruz, mucho menos discutir si Pedrito es mejor guionista que director. El domingo, antes de entrar al cinema, me quedé mirando el afiche de Los abrazos rotos con la sensación de que había un estatuto de clásico irradiando desde la imagen noir de Penélope. Es mas, quizá fue eso mismo (¿un eco?) lo que nos decidió por Los abrazos rotos en lugar de El secreto de tus ojos o, en menor medida, Bastardos sin gloria, del enorme Quentin. Lo que quiero decir: habría que estudiar la iconografía de los afiches de Almodóvar, a qué remiten, a quién homenajea, con qué inter-texto están jugando. Porque, sin dudas, alguien hace demasiado bien su trabajo.

Si, desconfío de las grandes listas, los mejores 100 discos de la historia, todo, pero el aburrimiento es una maquinaria letal y si no fuera por la music seríamos un poquito (mucho) más infelices. Boludeando por la web encontré esto: alguien se tomó el enorme laburo de colgar los links de los 1000 discos que hay que bajar antes de morir. Cosas más inútiles se han hecho.