
Cuando me siento muy solo empiezo a caminar
calculo cuantos pasos
hasta la cocina, el jardín, ida y vuelta
las escaleras, después la terraza
tres veces
90 pisadas
tal vez menos. ¿Por que no puedo quedarme quieto
como un cieguito espantado?
Me gusta la chica de los aparatos, me gusta como me mira, como me presta atención y sonríe cuando digo algo. Cuando pasa al revés, lo de siempre: el instante en que la estructura se viene abajo y ya no sé si mirarle los ojos, la boca, o qué.

Espacios Comunes es un proyecto gestado por y para Argentina y Chile, con el fin primero de promover el encuentro cultural entre ambos países y divulgar el trabajo realizado por compañías de estas naciones, además de textos iberoamericanos de diversas poéticas y estilos.
El festival tiene como propuesta eje abordar textos de dramaturgos extranjeros y apropiarlos desde una teatralidad local, y se realiza gracias al aporte del Fondo Iberoamericano de Ayuda Iberescena, que designó al proyecto, presentado por las directoras Luisa Ballentine y Lucila Piffer, como uno de sus ganadores en la versión 2008.
Dos elencos chilenos están a cargo del montaje de dos reconocidas piezas del teatro nacional argentino, “Los Albornoz. Delicias de una familia argentina”, de
Asimismo, Sebastián Ricci y Carlos Ianni, argentinos, presentan “El Desvarío” de Jorge Díaz y “Monogamia”, de Marco Antonio de
Me entristece, pero no tengo posiciones concretas, inamovibles: siento que todo puede ser enmarcado en este vector (y por momentos me la creo y planto bandera) pero después ahondo en la otra parte del discurso, en el mecanismo retórico y las posiciones ideológicas de los huelguistas. Tengo una posición encontrada, divergente. Me falta información, ganas de pensar, ganas de discutir. Pero también es cierto que todo parece moverse debajo de la superficie, en una zona poco clara, en la cual el análisis debe orientarse tanto hacia los procesos históricos generados por el agro, los pormenores del aumento de las retenciones (me gustaría pensar en una distribución más equitativa de la renta nacional) o esta especie de lucha dialéctica entre distintas clases.
En otro orden de cosas: hoy tuve un rapto de imaginación extraño. Imaginé que me robaban, me hacia el valiente y me pegaban un tiro en la panza. Primero sentí que no estaría mal morirse de esa manera, que de pronto todo el cansancio se venía y ahí terminaba la cosa. Estaba bien. Después me di vuelta y me dije que quería vivir (mientras pasaba por la panadería pensando en comprar o no unas facturas) que todavía me faltaban bocha de cosas por hacer. Ahí pasó algo raro: sentí nauseas, el balazo había sido en el estómago y no era anormal que empezara a vomitar. Eso me espantó. Después llamaba a mi viejo por celular, le decía que me estaba muriendo y que me viniera a buscar en la esquina del super de los chinos. Ahí terminaba el asunto.

No hay bondi ni milagro alguno
que arribe a esta densidad: la solución
es caminar sobre las huellas de los caballos
nunca la bosta
para aliviar el dolor de los talones;
un cazón llega desde su planicie marítima
puedo imaginarlo
buceando en círculos y arrumado
al color azul de las perlas:
a veces un espejo y el cielo
brindan la misma secuencia.
han transcurrido un segundo o meses o años
en perfecta y sistemática quietud
es válido preguntarse quién ha llegado acá a morir
como la sombra de un objeto constante
pero el mar
de proporciones colosales
es el verdadero relámpago.

2) Por que el Never Ending Tour es el rapto volador de alguien que no quiere ni puede volver atrás, la gira como un viaje ininterrumpido al no-retorno.
3) Modern Times es un discazo.
4) Si tenés más de cincuenta, es probable que discos como Blonde on Blonde o Highway 61 Revisted te hayan roto el alma.
5) Te vas a dar cuenta que a León Gieco no se le ocurrió de la nada eso de tocar la armónica y componer canciones sobre la libertad y la guerra.
6) Mierda, es Bob Dylan, jamás pensaste verlo en vivo.
7) Cuando suene Highway 61 Revisted, vas a ver miles de cabezas repletas de cáustica lunar agitándose, arriba abajo, arriba abajo.
8) Como se desprende de Foucault, vas a verificar que el aura perdida de los objetos estéticos recae en los grandes iconos populares (bueno, quería decir que leí ese artículo)
9) Tenés un miedo extraño de que la banda suene peor que nunca, que la voz de Dylan se quiebre o no se escuche una mierda, peor aún, que Bob sufra un infarto en el escenario, pero ¿sabes? Nada de esto va a pasar y va a ser un gran show.
10) Por que la estatura poética de Dylan le permitió emparejarse con grosos de la poesía yanqui, componiendo bestialidades como Fourth time around, Desolation row o Like a Rolling Stone (a veces no puedo creer la terrible modernidad de este tema)

El problema de escribir haciendo caso omiso a cualquier tipo de elipsis es que el texto se entorpece de comentarios redundantes. Para que aclarar que hacia un frío insoportable si ya dije que ellos dos se frotaban las manos delante del fuego. Esas cosas. De chico me sorprendía, por ejemplo, que los soldados, cuando hablaban por radio, dijeran “cambio” cada vez que terminaban su parlamento. ¿El interlocutor no se daba cuenta por la entonación cuando terminaba la pregunta?
Mi trabajo sobre literatura alcohólica se está complicando. Como me sucede cada vez que preparo un examen, me interesan más los datos coloridos, poco redundantes, que el lento aprendizaje- mediante repetición- de la bibliografía obligatoria. Scott Fitgerald chupaba, en sus últimos años, alrededor de 20 botellitas de cerveza diarias; Faulkner, quizá para no perder su ritmo literario, alrededor de 25 martinis. Dylan Thomas murió de una crisis etílica después de mandarse 18 wiskies por la garganta.
Acabo de pensar que doy la picture exacta del chabon al que no le importan demasiado las mujeres. Mi hermano está haciendo un despelote bárbaro desde las once, cinco o seis amigos, otras tantas femmes. Voy a buscarme unos sanguches de miga y apenas saludo, hola, que tal, me quedo hablando sobre la serie de Stargate un rato y si es esencial o no contar con una buena cintura para bailar salsa. En Stargate (la película, aclaro) se me mezcla cierta fascinación por el género fantástico con un recuerdo familiar: fue una de las dos o tres pelis que fuimos a ver en familia, hace mas o menos diez años, cuando el cine de los miércoles salía 3 mangos con 50. Pero volvamos: una de las chicas se me queda mirando como si fuera una aparición fantasmal a las cuatro y pico de la madrugada. La cocina está repleta de envases de cerveza y por la tele pasan un video de los Cafres. En un par de segundos recorro mentalmente un montón de episodios semejantes. Si. Doy esa pinturita exacta, como si estuviera pensando en otra cosa o tuviera siempre mejores cosas que hacer.
El sábado le saque lustre a mi faceta de eterno outsider durante el recital de Interpol en el Gran Rex, primero que nada, me sentí algo así como un cronista de
I
Después del desayuno y una buena ducha fumo escuchando un disco de Led Zeppelin. Siempre he creído que The raing song es uno de los mejores temas de la historia. Afuera todo igual, triste y para la mierda. Lorena me recuerda que vienen sus padres en eso de las siete, me lo dice como si pudiera olvidarlo, pero si, lo olvidé por completo. En eso Fidel abre la puerta goteando mugre, empieza a joder, tiene hambre y se le nota horrores.
- Vení- dice Lorena- vení que te limpio las patas.
El perro ni cinco de pelota.
Yo pienso en un tenedor, algún cubierto, un sacacorchos para hundirlo en la boca del perro y revolear de un tirón, de izquierda a derecha, la porquería a mitad comer.
Cuando vuelvo de la cocina mi suegro está agarrando al perro de las patas traseras y Lorena, con cara de asco, le abre el hocico. Una vez que lo saca y el perro queda liberado, le salta encima y Lorena cae para atrás, en cámara lenta. “Se va a romper el cuello” me digo, pero cae de culo, a lo sumo se rompió el traste.
- ¡Salí boludo! ¡Salí de acá!
- ¡Hace algo!- me gritan, pero ni modo: Fidel salta y Lorena levanta al pájaro medio comido, lo mueve de un lugar a otro y el pájaro se va deshaciendo, tal cual, una locura, se va deshaciendo como una fina lámina de cartón mojado: primero la pata, después la cola, el cuello desarticulado que se tuerce hasta posiciones inverosímiles.
- Quedate quieta
- ¿Qué?
- Que te quedes quieta pelotuda, el pájaro, ¿no lo ves?
Pero Lorena no me entiende y yo de golpe me empiezo a reír, no puedo parar, me caigo de la risa y entre los ladridos es la madre de Lorena la que me escucha y me odia, la que piensa que me volví loco. Finalmente todo termina cuando mi suegro se acerca harto y mete un formidable puntapié en el trasero peludo de Fidel. Lo que ahora vuelve a quebrar el aire es otro gritito demente de Lorena al mirarse la mano, al arrojar al pasillo, cerca de la bicicleta, los restos apelotonados y desgarrados del animal.
Como una histérica abre de un tirón la puerta y entra en la cocina.
- Semejante despelote por un pájaro- le digo a mi suegro, recordando que tengo el sacacorchos brillante en la mano, casi como si quisiera asesinar a alguien.

A las seis de la mañana los gatos del Jardín Botánico se esconden debajo de los bancos o te miran pasar, con esos ojos manzanales de cerámica nocturna. Un gordo viene de frente escuchando una canción de Hilda Lizarazu. No se sabe si está triste o contento, mueve un poco la cabeza pero se nota que está compenetrado en el camino, como si fuera posible equivocar el paso y caer de pronto por una boca de subte. En realidad no está demasiado lindo para quedarse fumando a la intemperie, pero es así como la veo: algo como una comadreja del tamaño de un perro Schnauzer, bordeando un arbusto, arrastrando una cola de rata gorda y pesada. Me hecho hacia atrás hasta casi caerme con el cordón de la vereda. En realidad no se que es, digo comadreja gigante, pero mirando ahora las fotos a través del google, es imposible. ¿Una especie de mutación urbana? ¿Una cruza extraña entre gato y rata? Por Santa Fe vagan los coches como si buscaran una escapatoria de la luz o de Buenos Aires. El tiempo se hace lerdo, la velocidad no funda el olvido. Desaparecer no es sonreír, dice Charly, dice también el comienzo de un poema que escribí hace mucho. Me pregunto entonces que ocurre cuando se entrecruzan los ciclos, cuando algo del otro se empieza a permeabilizar despacito, como si un error de cálculo hiciera posible el entrecruzamiento de las franjas. Igual que en Cicatrices, esa maravillosa novela de Saer. ¿Qué sucede cuando la gente cambia y se nos tornan de pronto desconocidos? ¿O lo que cambia es nuestra consistencia, nuestra superficie? Camino hacia Borges, se que la tristeza y el malhumor son mas contagiosos que un bostezo. Mientras, Ocelote alondra de Buscaglia suena en las orejas.

En el sueño se amontonaban animales semidormidos, gatos, perros, creo que algún toro o búfalo sobre un jardín sin césped, parecido al mío. Creo que lo inquietante era esa especie de sonambulismo invisible de las bestias. Además, yo intentaba diagramar mi sueño como una de esas ensoñaciones en clase de facultad o bondi, pero había elementos imposibles de digerir. Me ha ocurrido muchísimas veces: pretendo un tono rojizo, teniendo conciencia del imaginario, que todo esto es como intentar dibujar inútilmente las copas de los árboles (siempre me salen extremadamente flácidas o pomposas) En lugar del rojo, todo se vuelve sepia, ella no está, si está, algo sucede y se desvanece.
Soñé también con el capítulo en que Alf intenta llamar a su novia de Melmac. Después con algunos destinos exóticos. Me desperté preguntándome porqué ya no sueño con volar, aunque en realidad solo alcanzaba a levitar un poco para luego tropezarme con algo o venirme a pique. Siempre la angustia eterna de caer desde alturas superlativas. Quizá exista un periodo natural para ciertos sueños, como existen las etapas biológicas de los seres vivos que nos enseñaban en la escuela primaria: nacer, crecer, reproducirse y morir.
El futuro empieza en algún lado, dice la voz en off de la peli, mientras Kate Winslet se duerme junto a su hijo. Así termina la aventura no del todo fallida de Todd Field sobre los impulsos humanos y aquellos sentimientos que permanecen a la sombra, a veces violentamente proscriptos, indeseables o bellos. Así termina mi domingo, o comienza la madrugada del lunes. Me siento a escribir. Pero quiero volver, la salida del subte en Plaza de Mayo, ese violento germen de pánico o ansiedad, las dos cosas, hace tanto que no viajaba en el subte medio desolado de los sábados. Y también el miedo. Casi siempre me doy cuenta que estoy golpeando las rodillas después de varios minutos. No puedo parar. En la superficie escucho los bombos y me viene el olor de los choris. Alguien habla de una banda que viene desde Mendoza y arranca, de no se donde, la música de Karamelo Santo. Después de un rato enfilo para el Parque Lezama, no se bien a qué, descubrir, buscar, hacer algo. Hace tiempo que ando rellenando cada momento con lo que sea que surja. Para no estar conmigo a secas. Algo parecido. Pero me siento a escribir, encuentro un mensaje diciendo que el poemario es bonito, la parte doce increíble. Sonrío. Y sé que se me forman unos pequeños hoyuelos debajo de la barba. El primer cuento de Abelardo Castillo que leí, una mañana en
Sin ir más lejos, hace unos días, recupere mi faceta ambulante: en uno de esos impulsos se me antojó caminar los quince kilómetros que separan Mar Azul del faro Querandí. Quizás la expedición frustrada hasta el dique Los Alazanes, en Capilla del Monte, era síntoma de una deuda, la cosa es que caminé y caminé bajo un sol terrible hasta que se me pusieron colorados los talones. En el medio cierta nada absoluta de medanos, gaviotas, algún que otro tipo que buscaba la aleta movediza de los cazones (se dice que es zona esplendida para atrapar estos pequeños tiburones) Otro asunto: las cosas que uno visualiza, que aguarda, parecen alejarse con una perfección que da miedo. Asunto de ilusión óptica. El faro no es más que un propósito vertical que cuesta dos mangos la ascensión de sus 400 escalones (¿metáfora con el film de Truffaut?) encastrado en un bosquecito con olor a pino salvaje y oasis. Se comenta que el faro ondula cuatro centímetros en su punto más alto, lo que genera cierto éxtasis insignificante. Aprovecho mi descanso y ante el fracaso en mi intento de hacer dedo, emprendo despacito la vuelta. Busco caminar encima de las huellas de los caballos, esquivo el mar: cuando una ola baña la arena, podes ver como se refleja el cielo en la costa húmeda. Pegar un grito, ahí nomás, sin que nadie pueda oírte, es un acto de liberación lindísimo.
Stephen Daldry, director de Las Horas, cuenta en los anexos que trae el dvd - una de esas escasas oportunidades en que la película viene acompañada con material valiosísimo y muy interesante- lo difícil que fue encontrar al pequeño Jack, la versión infantil de Ed Harris, especialmente porque la mirada de Ed tiene una afección muy particular. Daldry también explica como al chiquitín le narraban historias de hadas durante el rodaje, luego utilizaron esas expresiones durante el film: las causas de las reacciones, en el personaje, son bien distintas, pero el efecto es el mismo. ¿Qué es lo que hace que una expresión proveniente de la maravilla de una historia pueda pasar como un gesto de abandono o de tristeza? Se puede creer que esto solo ocurre en un plano distintivo al real, que es la dimensión que funda el cine. Pero quizás no sea así. Por que las miradas del pequeño Jack funcionan a la perfección sin que uno conozca su secreto. Mi hermano, por ejemplo, mayormente en su niñez, utilizaba prácticamente las mismas muecas para llorar que para reír. A veces uno no sabía, al principio, que es lo que iba a hacer. Esto le debe suceder a mucha gente. Daldry cuenta un montón de cosas copadas. Durante la famosa escena en que Virginia Woolf y su marido discuten en la estación de tren, cuando ella pretende viajar a Londres, Daldry explica que mantuvo separados a los dos actores durante todo el día de filmación, para así lograr que la tensión corporal y emotiva estallara en el momento del encuentro.
Una última cosa: desde que vi a Julianne Moore en Magnolia- y un poco después en su bellísimo papel de pornostar en la primer película de Anderson, Boggie Nights- se convirtió en mi actriz preferida. Literalmente me partió el bocho. De la belleza de Nicole Kidman no hay mucho que agregar. Pero en la entrevista, cuando las tres actrices de la peli comparten sillón, es Meryl Streep la que les pasa el trapo a las otras dos. Mientras Julianne y Nicole están recontra producidas, Meryl se pasea con cero maquillaje y con una colita en el pelo. Hermosísima. Creo que siempre tuve debilidad por esa clase de sencillez.
Recibo en mail de Editorial Abaco, parece que arman algo así como una selección de autores que ya han formado parte de alguna de sus antologías. Me había olvidado por completo de este libro que salió hace ya uno o dos años. Ni siquiera recuerdo que es lo que mandé, pero debe haber sido un pésimo poema: creo que el eje temático era el silencio, o algo por el estilo. Acá abajo meto otra cosa, algo reciente, que encontré buceando en mis archivos de Word:
Si querés escapar de la perspectiva terrestre
sin trasbordadores de por medio
sin que meta la cola el asunto ese de la abducción
alienígena. El biplano no es una opción potable
es cierto, tampoco pagaría quinientos mangos
para tirarme en paracaídas.
Yo, que nunca leí a Cheever
ni a Raymond Chandler
pero que he pispeado decenas de veces ese libro
quiero ser energía líquida, inmaterial
sonido exquisito; la promiscuidad sexual
será parte del rapto
la enervación de los sentidos, el temblor
del imaginario. A veces
los amigos traen algo para fumar
que primero desmenuzamos en el baño
mientras algunos todavía pelan
los últimos huesos del asadito;
entonces alguien dice que la imagen
de Cristo ahí arriba parece un porro
erecto como un cohete de madera.